miércoles, 18 de febrero de 2026

 

Semiótica para la Emancipación

Fernando Buen Abad Domínguez 

No es sólo la interpretación de signos lo que está en juego, sino la producción material de sentido, su circulación, su apropiación y sus efectos en la conciencia social. Cada representación —sea una palabra, una imagen, una consigna o un meme— porta una carga histórica, cristaliza relaciones sociales, sedimenta ideologías, disputa lugares en la memoria y en el deseo. Por eso, la semiótica para la emancipación trabaja en campos hipotéticos, escenarios donde lo aparente puede ser cuestionado, desmontado, reconfigurado. El signo no es lo que parece. La representación no es inocente. La apariencia tiene historia y, por tanto, puede y debe ser intervenida. Semiótica como crítica del poder simbólico.

Sembrar sospechas en campos hipotéticos sobre el sentido real de toda representación, su cometido histórico y sus disputas de clase. En el cruce inestable de la historia con el lenguaje, allí donde las palabras se convierten en armas o en cadenas, la semiótica no puede ser neutral. Si la semiótica ha sido definida como la ciencia de los signos, hoy debemos asumirla como ciencia de las apariencias en lucha. Una semiótica para la emancipación, por tanto, no se contenta con descifrar sistemas de signos como si fueran estructuras fijas, ordenadas por alguna gramática supra-social o trascendental. Su campo de trabajo es la contradicción; su método, la sospecha; su horizonte, la libertad humana.

Toda dominación precisa una hegemonía semiótica. No hay poder que no dependa, en alguna medida, del control sobre los códigos de interpretación, de los modos de nombrar, de los relatos permitidos y prohibidos. El capital no sólo organiza la producción de mercancías; organiza también la producción de significaciones. En las sociedades contemporáneas, el signo es un territorio de clase. Cada palabra cargada políticamente —libertad, democracia, patria, progreso, seguridad— está sometida a un campo de fuerzas donde la lucha de clases se libra en el plano de las apariencias.

En ese sentido, nuestra tarea es detectar el lugar ideológico de cada representación, denunciar su genealogía, su funcionalidad histórica, su papel en la reproducción (o en la ruptura) del orden establecido. No se trata de acusar a los signos de falsedad desde un supuesto punto de vista “verdadero”, sino de hacer estallar la superficie aparente y evidenciar su participación en las estructuras sociales de dominación. El sentido está implicado en la historia, el signo es siempre un campo de batalla. Su neutralidad es imposible. Sospecha, contra-lectura, desenmascaramiento

Sembrar sospechas es desestabilizar las cristalizaciones simbólicas impuestas por las clases dominantes. Es abrirle grietas a lo aparentemente obvio, a lo dado como natural o necesario. Toda lectura emancipadora es una lectura contra-hegemónica, es decir, una lectura que ve en cada discurso no sólo lo que dice, sino también lo que oculta; no sólo lo que afirma, sino lo que impide pensar.

Nuestra semiótica para la emancipación debe operar como una forma de contrainteligencia simbólica, detectar los dispositivos ideológicos incrustados en las formas del decir, del mostrar, del narrar. El sentido común —ese campo minado por el consenso— es el primer lugar donde deben sembrarse las sospechas. Porque allí, en el lenguaje cotidiano, habita la reproducción de la dominación disfrazada de normalidad. En cada eslogan publicitario, en cada editorial de la prensa empresarial, en cada serie de Netflix, en cada discurso presidencial, en cada currículo escolar, hay una red de signos que organiza el horizonte de lo pensable. De ahí que nuestra semiótica deba ser tácticamente insurreccional, no resignarse al análisis, sino actuar como herramienta de combate para la conciencia.

La representación como campo de disputa. Las representaciones no son meros reflejos. Son actos sociales de intervención en el mundo. No hay representación sin intencionalidad, sin efecto, sin consecuencias. En ese sentido, toda representación es ideológica, y toda ideología es histórica. De ahí que debamos leer cada representación no sólo desde lo que significa, sino desde a quién le sirve, cuándo, dónde, por qué y para qué. Esa es la clave de una semiótica militante, no describir signos, sino desenmascarar sus funciones en la lucha de clases. Los medios de comunicación son el ejemplo más evidente de esta lucha. No sólo informan, forman. No sólo representan, construyen realidad. La prensa empresarial no “cubre” los hechos, los produce dentro de una maquinaria ideológica que los ordena, jerarquiza y enmarca. Las redes sociales no son espacios neutrales de expresión, sino plataformas diseñadas para la fragmentación y el control algorítmico del sentido. El arte no es siempre subversivo; puede ser también vehículo de estetización del capital. La ciencia no es siempre emancipadora; puede servir a los intereses del capital financiero, como en la farmacología privatizada o la inteligencia artificial sin ética.

Ante este panorama, la semiótica para la emancipación debe actuar como una epistemología del presente, una teoría crítica del sentido socialmente producido. Debe preguntarse, ¿qué sentidos dominan hoy?, ¿quién los produce?, ¿quién los distribuye?, ¿quién se beneficia de su hegemonía?, ¿qué alternativas están siendo reprimidas o silenciadas? Hacia una semiótica de clase. El marxismo nos ha enseñado que toda producción humana es producción social. Los signos, como las mercancías, tienen una materialidad social, son producidos bajo determinadas condiciones, para determinados fines, con determinados medios, en determinadas relaciones de poder. No hay signo sin historia, ni historia sin conflicto. Por eso, una semiótica verdaderamente crítica no puede ser idealista, ni estructuralista, ni posmoderna en el sentido de diluir toda referencia a la lucha de clases. Debe ser materialista, dialéctica y revolucionaria.

Una semiótica de clase —inspirada en Marx, Gramsci, Voloshinov, Mészáros, Mattelart, — sabe que el sentido no es un objeto neutro ni eterno, sino una construcción sujeta a las condiciones materiales de la vida. Y sabe también que el lenguaje no sólo refleja la realidad, sino que la construye, la distorsiona, la organiza o la desorganiza. En este sentido, el lenguaje no es sólo un campo simbólico, es un campo político. Y toda política de la emancipación debe tener una política del lenguaje. Hay que reapropiarse de las palabras. Hay que disputar las narrativas. Hay que reinventar los símbolos. Hay que crear nuestras propias gramáticas, semánticas y sintaxis para nombrar el mundo desde los pueblos, desde las luchas, desde la memoria combativa.

Semiótica militante y construcción del porvenir

Una semiótica para la emancipación no se limita a la crítica, construye. No se contenta con la sospecha, organiza. Su tarea es doble, desmontar el sentido dominante y crear nuevas posibilidades de representación al servicio de los pueblos en lucha. Esto implica una pedagogía del lenguaje, formar sujetos capaces de leer críticamente el mundo simbólico, de resistir la manipulación mediática, de producir sentido desde abajo. Esto implica, también, una ética revolucionaria de la palabra. Porque no todo enunciado sirve a la vida. Hay signos que matan. Hay representaciones que naturalizan la injusticia. Hay narrativas que anestesian la conciencia. Nuestra semiótica debe apostar por la vida, por la verdad histórica, por la justicia social.

En última instancia, lo que está en juego no es sólo la interpretación del mundo, sino su transformación. No se trata de leer los signos desde el pasado, sino de producir signos para el porvenir. De crear nuevas formas de decir lo que aún no tiene nombre. De anunciar lo que vendrá con signos que no sirvan al mercado, sino a la dignidad. Sembrar sospechas en campos hipotéticos no es sólo un acto intelectual, es un acto de rebelión semiótica. Allí donde el sentido está secuestrado por los poderes hegemónicos, nuestra tarea es devolverlo al pueblo. Allí donde la representación sirve al capital, debemos interrumpirla. Allí donde el lenguaje se vuelve prisión, debemos abrir puertas con signos nuevos. Porque la semiótica, si quiere ser emancipadora, debe ser arma de combate, herramienta de conciencia, forma de lucha. Y en ese camino, cada signo puede ser una chispa. Cada palabra, una trinchera. Cada lectura crítica, una semilla. Que florezca la sospecha. Que hable el pueblo. Que se levanten los signos de la vida contra las cadenas de la apariencia.





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