miércoles, 18 de febrero de 2026

 

Semiótica para la Emancipación

Fernando Buen Abad Domínguez 

No es sólo la interpretación de signos lo que está en juego, sino la producción material de sentido, su circulación, su apropiación y sus efectos en la conciencia social. Cada representación —sea una palabra, una imagen, una consigna o un meme— porta una carga histórica, cristaliza relaciones sociales, sedimenta ideologías, disputa lugares en la memoria y en el deseo. Por eso, la semiótica para la emancipación trabaja en campos hipotéticos, escenarios donde lo aparente puede ser cuestionado, desmontado, reconfigurado. El signo no es lo que parece. La representación no es inocente. La apariencia tiene historia y, por tanto, puede y debe ser intervenida. Semiótica como crítica del poder simbólico.

Sembrar sospechas en campos hipotéticos sobre el sentido real de toda representación, su cometido histórico y sus disputas de clase. En el cruce inestable de la historia con el lenguaje, allí donde las palabras se convierten en armas o en cadenas, la semiótica no puede ser neutral. Si la semiótica ha sido definida como la ciencia de los signos, hoy debemos asumirla como ciencia de las apariencias en lucha. Una semiótica para la emancipación, por tanto, no se contenta con descifrar sistemas de signos como si fueran estructuras fijas, ordenadas por alguna gramática supra-social o trascendental. Su campo de trabajo es la contradicción; su método, la sospecha; su horizonte, la libertad humana.

Toda dominación precisa una hegemonía semiótica. No hay poder que no dependa, en alguna medida, del control sobre los códigos de interpretación, de los modos de nombrar, de los relatos permitidos y prohibidos. El capital no sólo organiza la producción de mercancías; organiza también la producción de significaciones. En las sociedades contemporáneas, el signo es un territorio de clase. Cada palabra cargada políticamente —libertad, democracia, patria, progreso, seguridad— está sometida a un campo de fuerzas donde la lucha de clases se libra en el plano de las apariencias.

En ese sentido, nuestra tarea es detectar el lugar ideológico de cada representación, denunciar su genealogía, su funcionalidad histórica, su papel en la reproducción (o en la ruptura) del orden establecido. No se trata de acusar a los signos de falsedad desde un supuesto punto de vista “verdadero”, sino de hacer estallar la superficie aparente y evidenciar su participación en las estructuras sociales de dominación. El sentido está implicado en la historia, el signo es siempre un campo de batalla. Su neutralidad es imposible. Sospecha, contra-lectura, desenmascaramiento

Sembrar sospechas es desestabilizar las cristalizaciones simbólicas impuestas por las clases dominantes. Es abrirle grietas a lo aparentemente obvio, a lo dado como natural o necesario. Toda lectura emancipadora es una lectura contra-hegemónica, es decir, una lectura que ve en cada discurso no sólo lo que dice, sino también lo que oculta; no sólo lo que afirma, sino lo que impide pensar.

Nuestra semiótica para la emancipación debe operar como una forma de contrainteligencia simbólica, detectar los dispositivos ideológicos incrustados en las formas del decir, del mostrar, del narrar. El sentido común —ese campo minado por el consenso— es el primer lugar donde deben sembrarse las sospechas. Porque allí, en el lenguaje cotidiano, habita la reproducción de la dominación disfrazada de normalidad. En cada eslogan publicitario, en cada editorial de la prensa empresarial, en cada serie de Netflix, en cada discurso presidencial, en cada currículo escolar, hay una red de signos que organiza el horizonte de lo pensable. De ahí que nuestra semiótica deba ser tácticamente insurreccional, no resignarse al análisis, sino actuar como herramienta de combate para la conciencia.

La representación como campo de disputa. Las representaciones no son meros reflejos. Son actos sociales de intervención en el mundo. No hay representación sin intencionalidad, sin efecto, sin consecuencias. En ese sentido, toda representación es ideológica, y toda ideología es histórica. De ahí que debamos leer cada representación no sólo desde lo que significa, sino desde a quién le sirve, cuándo, dónde, por qué y para qué. Esa es la clave de una semiótica militante, no describir signos, sino desenmascarar sus funciones en la lucha de clases. Los medios de comunicación son el ejemplo más evidente de esta lucha. No sólo informan, forman. No sólo representan, construyen realidad. La prensa empresarial no “cubre” los hechos, los produce dentro de una maquinaria ideológica que los ordena, jerarquiza y enmarca. Las redes sociales no son espacios neutrales de expresión, sino plataformas diseñadas para la fragmentación y el control algorítmico del sentido. El arte no es siempre subversivo; puede ser también vehículo de estetización del capital. La ciencia no es siempre emancipadora; puede servir a los intereses del capital financiero, como en la farmacología privatizada o la inteligencia artificial sin ética.

Ante este panorama, la semiótica para la emancipación debe actuar como una epistemología del presente, una teoría crítica del sentido socialmente producido. Debe preguntarse, ¿qué sentidos dominan hoy?, ¿quién los produce?, ¿quién los distribuye?, ¿quién se beneficia de su hegemonía?, ¿qué alternativas están siendo reprimidas o silenciadas? Hacia una semiótica de clase. El marxismo nos ha enseñado que toda producción humana es producción social. Los signos, como las mercancías, tienen una materialidad social, son producidos bajo determinadas condiciones, para determinados fines, con determinados medios, en determinadas relaciones de poder. No hay signo sin historia, ni historia sin conflicto. Por eso, una semiótica verdaderamente crítica no puede ser idealista, ni estructuralista, ni posmoderna en el sentido de diluir toda referencia a la lucha de clases. Debe ser materialista, dialéctica y revolucionaria.

Una semiótica de clase —inspirada en Marx, Gramsci, Voloshinov, Mészáros, Mattelart, — sabe que el sentido no es un objeto neutro ni eterno, sino una construcción sujeta a las condiciones materiales de la vida. Y sabe también que el lenguaje no sólo refleja la realidad, sino que la construye, la distorsiona, la organiza o la desorganiza. En este sentido, el lenguaje no es sólo un campo simbólico, es un campo político. Y toda política de la emancipación debe tener una política del lenguaje. Hay que reapropiarse de las palabras. Hay que disputar las narrativas. Hay que reinventar los símbolos. Hay que crear nuestras propias gramáticas, semánticas y sintaxis para nombrar el mundo desde los pueblos, desde las luchas, desde la memoria combativa.

Semiótica militante y construcción del porvenir

Una semiótica para la emancipación no se limita a la crítica, construye. No se contenta con la sospecha, organiza. Su tarea es doble, desmontar el sentido dominante y crear nuevas posibilidades de representación al servicio de los pueblos en lucha. Esto implica una pedagogía del lenguaje, formar sujetos capaces de leer críticamente el mundo simbólico, de resistir la manipulación mediática, de producir sentido desde abajo. Esto implica, también, una ética revolucionaria de la palabra. Porque no todo enunciado sirve a la vida. Hay signos que matan. Hay representaciones que naturalizan la injusticia. Hay narrativas que anestesian la conciencia. Nuestra semiótica debe apostar por la vida, por la verdad histórica, por la justicia social.

En última instancia, lo que está en juego no es sólo la interpretación del mundo, sino su transformación. No se trata de leer los signos desde el pasado, sino de producir signos para el porvenir. De crear nuevas formas de decir lo que aún no tiene nombre. De anunciar lo que vendrá con signos que no sirvan al mercado, sino a la dignidad. Sembrar sospechas en campos hipotéticos no es sólo un acto intelectual, es un acto de rebelión semiótica. Allí donde el sentido está secuestrado por los poderes hegemónicos, nuestra tarea es devolverlo al pueblo. Allí donde la representación sirve al capital, debemos interrumpirla. Allí donde el lenguaje se vuelve prisión, debemos abrir puertas con signos nuevos. Porque la semiótica, si quiere ser emancipadora, debe ser arma de combate, herramienta de conciencia, forma de lucha. Y en ese camino, cada signo puede ser una chispa. Cada palabra, una trinchera. Cada lectura crítica, una semilla. Que florezca la sospecha. Que hable el pueblo. Que se levanten los signos de la vida contra las cadenas de la apariencia.





viernes, 31 de enero de 2025



    Pandemia de Falsa Conciencia
Fernando Buen Abad Domínguez

    Vivimos sometidos a la dictadura de la “falsa conciencia” porque es un sistema de manipulación que resultó muy útil y muy rentable para ocultar las condiciones inhumanas de explotación del trabajo bajo la apariencia de un intercambio justo entre mercancías. Estudiar los antecedentes, situación actual y perspectivas de la “falsa conciencia” es indispensable. Los debates sobre su toxicidad y su desarrollo contradictorio, en la lucha de clases, son centrales como instrumental científico contra las condiciones materiales de la explotación, desorganización y desmoralización de la clase trabajadora que debe organizar frentes de contraofensiva y guerrilla semiótica para combatir la “falsa conciencia” de que el orden social burgués es natural e inmutable. 
    Entiéndase aquí por “falsa conciencia” esa categoría central en Marx, desarrollada más explícitamente por Engels, aparecida en una carta a Franz Mehring del 14 de julio de 1893, donde explica cómo las representaciones ideológicas suelen enmascarar las condiciones materiales que las generan: “La ideología es un proceso que el llamado pensador realiza conscientemente, pero con una conciencia falsa. Las verdaderas fuerzas impulsoras que lo mueven le son desconocidas; de otro modo, no sería un proceso ideológico. Por tanto, imagina falsas o aparentes razones.” (Engels, Carta a Mehring, 14 de julio de 1893, en Marx y Engels, Correspondencia completa, volumen 4).
    Engels aclara que la ideología es el resultado de un proceso en el que las personas creen estar actuando por razones autónomas, cuando en realidad sus pensamientos están determinados por condiciones materiales que desconocen. Marx, que lo explicó de otra manera, desnuda una forma del engaño estructural premeditado en la que las ideas dominantes operan como emboscada para ocultar la naturaleza salvaje de las relaciones sociales de explotación impuestas por el capitalismo. Este concepto es central en La ideología alemana (1845-1846), donde Marx y Engels afirman: “Las ideas de la clase dominante son, en cada época, las ideas dominantes; es decir, la clase que es la potencia material dominante de la sociedad es, al mismo tiempo, su potencia espiritual dominante.” (La ideología alemana, 1845-1846, en Marx y Engels, Obras escogidas, Moscú, Editorial Progreso, 1974, t. I, p. 37).
    Bajo el capitalismo no predominan las “ideas autónomas”, ni reflejan la realidad de manera objetiva, sino que sirven para enmascarar y perpetuar el dominio de una clase sobre otra. La ideología de la clase dominante enmascara la explotación y hace que las clases explotadas acepten su situación como natural, bajo coerción de muy diversa índole y desmoralizaciones hijas de la violencia moral y física. Encima de esto la fabricación del “fetichismo de la mercancía” como engaño en el que  las mercancías ocultan la explotación de los trabajadores: “El carácter místico de la mercancía no proviene, pues, de su valor de uso […] sino de la forma misma del valor. […] El producto del trabajo se convierte en una cosa dotada de valor porque la relación social entre productores adopta la forma de una relación social entre productos del trabajo.” (El Capital, tomo I, 1867, en Marx, El Capital, Siglo XXI Editores, 1975, p. 94).
    Con la propagación de la “falsa conciencia” nació también un gran negocio que, además de anestesiar las evidencias sobre la explotación, incubó el disfrute por el engaño. Una estética del “síndrome de Estocolmo” reivindicada por un conjunto de espejismos del sacrificio, la meritocracia, la resignación y el dogmatismo por el trabajo despojado de toda conciencia social.  Emboscada rentable que distorsiona la percepción de la realidad social. La “falsa conciencia” es, entonces, la manera en que las personas interpretan su mundo a partir de una visión deformada, sin comprender, cabalmente, las causas reales de su situación. “En cada época, las ideas de la clase dominante son las ideas dominantes, es decir, la clase que ejerce el poder material dominante en la sociedad es al mismo tiempo su poder espiritual dominante.” (La ideología alemana, 1845-1846, en Marx y Engels, Obras escogidas, Moscú, Editorial Progreso, 1974, t. I, p. 37).
    Es la dictadura de una “visión del mundo” como si fuese la única verdadera, natural y universal. No es solamente un conjunto de ideas erróneas, es un sistema, calculado y producido, incluso por talentos adiestrados científicamente en las entrañas intelectuales de las burguesías, para intoxicar todo, estructuralmente, con cualquier palabrerío, más o menos lustroso, que ayude a ocultar las relaciones materiales de explotación. No nos engañan, la infraestructura económica determina, en última instancia, la superestructura ideológica pero no con simplismos lineales ni como reflejo simple de la base material. Tales emboscadas operan de maneras cada vez más rentables, sofisticadas y enredosas: “Según la concepción materialista de la historia, el factor determinante en última instancia es la producción y reproducción de la vida real. Ni Marx ni yo hemos dicho nunca otra cosa. Si alguien lo distorsiona afirmando que el factor económico es el único determinante, convierte nuestra tesis en una frase vacía, abstracta y absurda. La situación económica es la base, pero las diversas formas de superestructura –formas políticas de lucha de clases, formas jurídicas, reflejos ideológicos como la religión, la filosofía y otros– también influyen en la historia.” (Carta a Bloch, 21 de septiembre de 1890, en Marx y Engels, Correspondencia).
    Se trata de envolver al capitalismo con un manto místico protector. Toda la parafernalia inventada por el capitalismo para esconder su putrefacción y hacernos tragarla como si fuese un triunfo de la humanidad, se basa en fabricar apariencias de distracción y anestesia de la razón. “La economía política clásica se mueve dentro de estas apariencias. Descubre la conexión real, pero no la expone. Esto lleva a que las relaciones capitalistas de producción, aparezcan como relaciones eternas, naturales y evidentes.” (Anti-Dühring, 1877, en Obras completas de Marx y Engels, volumen 25).
    Se ocultan bajo la “falsa conciencia” los modos, los medios y las relaciones de explotación capitalista para que parezcan eternos e inevitables. Se trata de deformar toda percepción de la realidad para poner a salvo los intereses de la clase dominante. Estudiar la “falsa conciencia” desde sus raíces, nos aporta una fortaleza ética clave: mejorar nuestra capacidad en la disputa por el sentido, sabiendo que no luchamos contra “un error individual”, sino contra un sistema planificado de distorsión estructural, mafiosamente producido. Recuperar nuestro derecho a ser históricos y transformar al mundo contra todo lo que lo presenta como si fuese algo dado, fuera de nuestro control, en lugar de reconocerlo como producto de relaciones humanas modificables dialécticamente. Comenzando por la conciencia de clase y la identidad de clase. Hoy tan distorsionadas.





domingo, 3 de marzo de 2024


Simón Bolívar el Hombre de las Comunicaciones

Fernando Buen Abad Domínguez

Rector Internacional de la UICOM

“La primera de todas las fuerzas es la opinión pública”. 

Simón Bolívar (1° de noviembre de 1817).


Dicen algunas versiones que Simón Bolívar se agenció una imprenta, no sin peripecias, porque debía completar la lucha independentista luchando también por la independencia del pensamiento. Que no era suficiente la independencia geográfica, económico-política y que necesitaba “la artillería del pensamiento” para consolidar el plan emancipador de los pueblos independientes. Gracias a eso nació el Correo del Orinoco, el 27 de junio de 1818. Pensando independientemente. Antes, durante y después de la consolidación de la independencia, se hizo necesaria una independencia comunicacional porque quedó claro que todos los avances son insuficientes si no se acompañan con una Revolución de Conciencias capaz de abrir los horizontes de la praxis comunicacional. No toda independencia económica equivale a independencia ideológica porque el desarrollo es desigual y combinado.

Está claro que necesitamos una Revolución de Independencia en Comunicación, con Bolívar, con Martí, con San Martín… con Hidalgo, con Morelos (dicho con toda la seriedad que implica) para independizar los marcos éticos que no pueden ser serviles a intereses de sectas y menos de extorsiones, saqueo, esclavitud y humillación contra las mayorías. Está claro que la Independencia en Comunicación es socialmente necesaria a la hora de hacer de la verdad pasión y fuerza moral de los pueblos. También está claro que no podemos llamar Independencia (a secas) a las farsas y que, en todo caso, hay que denunciarlas para que se entienda a qué intereses tributan y rinde pleitesías.

Esa fusión de Independencia y Comunicación se hizo gentilicio en la Patria Grande. Por ejemplo, hacia el 17 de marzo de 1824 Simón Bolívar fue declarado ciudadano mexicano en virtud de su obra independentista ejemplar y por la importancia de tener en él un modelo de líder comunicacional, también, capaz de inspirar la moral y la ética que su tiempo exigía pero que, fundamentalmente, el futuro inmediato exigiría y sigue exigiendo. El hombre de las independencias debería tener todas las nacionalidades y que el mundo lo supiera. Así como la etapa actual exige estrategias y medios de comunicación independentistas, antiimperialistas, con agendas capaces de enfrentar las “debilidades” políticas de quienes se dejan tentar por las seducciones imperiales en boga. Necesitamos ratificar las grandes revoluciones independentistas, salir de los estereotipos y de los acartonamientos; necesitamos revolucionar las metodologías del relato comunicacional y necesitamos ganar terreno a una estética revolucionaria capaz de orientarse a partir de la ética. Con la claridad y la audacia de Bolívar humanista de las independencias. 

Necesitamos una Revolución de Independencia Comunicacional. Está claro que acudir a Simón Bolívar no implica mirar sólo al pasado, no se trata de nostalgias bobas, implica mirar el presente y el futuro y está claro que es necesario reconocer nuestras zonas ciegas y nuestras debilidades teóricas y prácticas; está claro que hay que iniciar una etapa nueva que salde lo que está pendiente y que avance hacia instancias superiores. Contamos con recursos morales, expertos, necesidades y claridad política suficientes para trazar un plan de corto plazo que dé resultados inmediatos y movilizadores. Está claro que lo que debe ser dicho y debe ser escuchado no puede quedar atrapado por la inoperancia ni por el descuido. La Revolución de la Independencia Comunicacional necesita Simón Bolívar multiplicado en todas las espadas simbólicas que caminan por América Latina para enfrentar atrasos y esclavitudes ideológicas y con herramientas de comunicación en clave de victorias nuevas. ¿Nos quedaremos callados? En una carta con fecha 4 de agosto de 1826, Bolívar explicó a José Antonio Páez, la importancia de la imprenta y de la prensa “Como artillería del pensamiento, educador de masas de hoy y mañana, portavoz de la creación de un nuevo orden económico y de la información internacional desde el punto de vista de nuestros intereses, fiscal de la moral pública y freno de las pasiones, vigilante contra todo exceso y omisión culpable, catecismo moral y de virtudes cívicas, tribunal espontáneo y órgano de los pensamientos ajenos”.

Una Revolución de Independencia Comunicacional con nacionalidad continental, con pasaporte humanista. Porque tan peligroso es que nos roben las herramientas de producción comunicacional como que nos roben el campo simbólico. Cuando los imperios se adueñan de ese territorio nos esclavizan incluso en lo que nos gusta, en las palabras que usamos para denominar qué y cómo tendremos que vivir y medir la vida. Y muy probablemente lo hagan en nombre de la libertad, de la democracia, de la independencia y de la humanidad. Los Bancos imperiales dicen ser instituciones de la “confianza” cuando son ladrones incontrolables de cuello blanco. En nombre de los pueblos, miles de farsantes agitan blasones filantrópicos para camuflar sus fábricas de servilismo.

Algunos agentes del imperialismo, infiltrados en la Patria Grande, están desesperados y llaman a intervenciones, desembarcos y usurpaciones con el plan perverso de destruir todas las victorias independentistas ganadas por nuestros pueblos. La ideología de la clase dominante es una gran maquinaria imperialista de mentiras, suplantaciones y desfalcos de todo tipo. Incluso, a veces no hace falta que mientan, basta con que te «enseñen» a «ver» el mundo como lo miran ellos para enceguecerte. Es la guerra cognitiva.

Pero la Revolución de Independencia Comunicacional (con el Informe MacBride en la mano) es una batalla radical entre, al menos, dos maneras irreconciliables de entender al universo, a la naturaleza, a la vida humana y a las relaciones sociales. Revolución o barbarie. Es una Revolución de Independencia, de los gustos, de las capacidades y talentos críticos, de las emociones y de la manera de expresarnos. Revolución palmo a palmo e incesante en la que, con frecuencia, la resistencia más dura es la que oponemos nosotros mismos dominados por las ideas de quienes nos dominan. Por eso, Bolívar, en su carta de 1817 a Fernando Peñalver le pide: “Mándeme usted de un modo u otro una imprenta que es tan útil como los pertrechos”. 


jueves, 29 de febrero de 2024

  



Las Campañas de las Campañas

Fernando Buen Abad Domínguez


Nos urge una semiótica de las “campañas políticas” para transparentar su financiamiento, sus intereses, el origen de sus relatos y sus consecuencias. Ante la voluntad democrática de los pueblos, con el capitalismo como hegemonía económica, militar y cultural, se teje una trama muy compleja producida con hilos de relatos diversos que no siempre transparentan los intereses reales de los partícipes. Son, mayormente, festivales demagógicos animados por las más abigarradas mercancías del engaño. Aquí y en China.

Se justifica, democráticamente, la existencia de las “campañas” con deliberaciones variopintas que no excluyen teorías del Estado, avances civilizatorios, logros participativos, nociones de equidad, igualdad y fraternidad bajo semánticas múltiples y no pocas veces contradictorias. Se hacen “campañas” de las “campañas” para resaltar su importancia y trascendencia cívicas, para destacar el avance educativo de los pueblos e, incluso, para evidenciar los márgenes de la “tolerancia” para convivir en paz entre las mayorías victoriosas y las minorías opositoras. Y reina en las argumentaciones apologéticas, una lógica de lo cuantitativo que parecería dejar resuelta toda discrepancia. Si ganan más votos es porque tienen más razón, dicen. Aunque, a veces, no se conozca cuál razón. 

Hay “pre-campañas”, “campañas” y “post-campañas”. Cada una supone justificaciones y gastos que, según sea el caso, recorren los paraísos de lo oneroso, lo obsceno, lo inútil y, desde luego, lo incomprensible, lo banal y lo puramente numérico. Y hay casos en que cierta lógica de austeridad deja cortas todas las expectativas cuantitativas y cualitativas. Explican poco, explican mal e insuficientemente, por colmo. Hasta hoy, con todo el discurso democrático que es necesario -y clave- las campañas no están a la altura de la política que las bases reclaman.  

Una campaña común y corriente suele organizarse y desplegarse, en todos los frentes, como un entretenimiento o espectáculo infestados por la “data” mercadológica no pocas veces sacada de los servicios de inteligencia y espionaje. Algunos piensan que son episodios de una guerra ideológico-mediática híbrida, donde están todos los meta-relatos del sistema dispuestos a defenderlo por encima de la propia democracia. Formas de guerra ideológica, financiera y militar del capitalismo, que consumimos mansamente porque las creemos un “logro” nuestro para regir nuestras vidas con valores y cultura que nos infiltran. ¿En qué guerra las víctimas financian a sus victimarios?

A pesar de los logros de cierta izquierda y progresismo, o precisamente por eso, las campañas políticas dominantes avanzan retrógradas imitando las manías hegemónicas de la publicidad de mercancías. Exhiben una crisis de vacío intelectual que se coagula en un proceso de condensación de odios y miedos travestidos en lenguajes de estadista. Supuran palabrerío de lawfare, persecuciones mediáticas, fake news, espionaje, represión y golpizas inflacionarias para imponer, como si fuese voluntad popular, reformas laborales y desorganización inducida contra la clase trabajadora. Mientras, algunos partidos políticos siguen transfiriendo enormes sumas de dinero a los monopolios mediáticos que venden campañas prefabricadas en los laboratorios de las burguesías. ¿Qué no entendimos?

Está bajo amenaza la cordura social. Los vendedores de “campañas” políticas a pedido, organizan y despliegan la anti-política bajo la emboscada que hace lucir como “democracia” el endiosamiento individual de los candidatos para eclipsar el clamor real de los pueblos en lucha. Campañas para ocultar campañas y están reclutando jóvenes, mediaticamente anestesiados, con ilusiones de dinero o con ideología chatarra de orientación supremacista o nazi. ¿No lo vemos? Están en la tele, en las “redes” donde despliegan los ataques diseñados por la manipulación simbólica. Para colmo, las campañas nos derrotan porque estamos encerrados en un festín de sorderas disfrazadas de diálogo. Y empeora en periodos electorales. 

Hay gobiernos de ricos, encumbrados con los votos de pueblos muy pobres; hay demagogia desaforada de mercancías propagandísticas encarecidas. Hay ganancias siderales por cada voto en contraste con los salarios raquíticos del pueblo trabajador que vota. Una inmensa minoría de poderosos hambrea a la inmensa mayoría de los despojados. Con unos cuantos votos se justifica la represión a miles de trabajadores. ¿Qué no entendemos?

Y la historia se repite a mansalva. Aún estamos esperando “campañas” políticas creadas, dirigidas y controladas por los pueblos, por sus trabajadores. Estamos anhelantes de que el programa consensuado por las bases se el candidato y la memoria deje de ser víctima en el campo de batalla semiótica, que el olvido sea su gran negocio. Campañas de pueblos no esclavizados y liberados del odio de clase, pueblos en rebeldía generando sus propias campañas hacia el buen vivir sin mercantilizar la vida. En clave de rebeldía. Que seamos capaces de comunicar una salida humanista, superadora, de nuevo género y nos ahorremos la amargura de vernos divididos porque, con su mala influencia, nos dividimos solos, y gratis (en el mejor de los casos). Nos urge una guerrilla semiótica de los pueblos, para solucionar los problemas mundiales de los pueblos y enfrentar, en campaña ordenada y permanentemente, a la guerra mediática que nos imponen. Vienen tiempos peores.


sábado, 24 de febrero de 2024

   

     El Arte de Ningunear

        Fernando Buen Abad Domínguez

    Cuando se trata de desvirtuar lo ajeno hay talentos que se pintan solos. Todo “ninguneo” tiene motivaciones y expresiones muy diversas y combinadas, eso incluye, también, la emboscada de ningunear con “halagos”. Así, incluso, quien es reducido a la nada queda agradecido. A los más destacados “ninguneadores” les precede un entrenamiento complejo que atesora desde envidias simplonas hasta conspiraciones internacionales variopintas. No son infalibles, pero tiznan. Dice el diccionario de “ningunear”: 1. No hacer caso de alguien, no tomarlo en consideración. 2. Menospreciar a alguien. Sinónimos, menospreciar, despreciar, desdeñar.

    Los efectos del “ninguneo” pueden ser de corto, mediano y largo plazo y eso depende de las condiciones objetivas y de las malas intenciones. A veces basta con “tutear” a una persona o con tener desplantes confianzudos. A veces se recurre a chistes, burlas o ironías disfrazadas con frecuencia como “ocurrencia simpática” para “empatizar”. En los casos más perversos se planifica y pavimenta el camino de la víctima hacia la nada, con recursos excesivos.

    Hasta el hartazgo el “ninguneo” contiene dosis tóxicas de un vicio en el que para el brillo de lo propio se anular el de los otros. Convertirlos en nada. Y suele ser que el ninguneador aparenta una seguridad escénica que acompaña con la complicidad y la inseguridad de varios testigos. Así se mueve mucho de lo que algunos llaman “política”, confundiéndola con la “grilla” o con la “rosca”. Política pública, empresarial, clerical, académica… familiar.

    Eso de reducir a nada a un opositor, o a un enemigo, conlleva la violencia psicológica necesaria para dañarlo no sólo en su prestigio sino en su confianza y su personalidad. Cuando alguien “ningunea” con éxito desarma y desmoraliza, destruye personas y a veces movimientos sociales. Es un campo de batalla, una disputa por el sentido, recurriendo a “malas artes”. Se trata de un producto perfeccionado por el capitalismo como arma de guerra ideológica y lo ha desplegado con todo tipo de argucias y disfraces. Púlpitos estereotipados para mandar al infierno de la nada a todo aquello que estorbe a la hegemonía ideológica de la clase dominante. Series televisivas, películas, literatura, radio… prensa. 

    Es susceptible de ser nada un abanico enorme de personas y grupos sometidos a la lucha de clases. Por etnia, por oficio, por color, por peso, por tiempo, por historia, por cualquier pretexto y hasta por divertimento, existe un oficio dispuesto a convertir al otro en nada. Y eso es un gran negocio de algunos. Desde la industria militar y su guerra cognitiva hasta el “bulling” incubado en oficinas, escuelas, iglesias… pero es una manía burguesa que, desde sus “supremasismos” mediocres, se alza sobre la clase que odian para borrarla del mapa y porque jamás admitirán que el proletariado (el que no tiene más que su fuerza de trabajo para alimentar a su prole) adquiera relevancia alguna. Ni en lo cualitativo ni en lo cualitativo. 

    Han de convertir a lo distinto en nada para garantizarse una moral de la destrucción sistemática de adversarios. En la noción de la nada que la mentalidad conservadora atesora como destino para sus oponentes, anida una violencia objetiva y subjetiva que ellos necesitan como el oxígeno para darse alientos de sobrevida en medio de sus crisis y de la dialéctica histórica que los conduce a su desaparición tarde o temprano. Necesitan que lo otro no valga, no lata, no exista. En todas las escalas de las disputas del ego individualista tanto como en las confrontaciones de masas que van multiplicándose en todo el planeta. Necesitan que la organización de los postergados sea nada, que los alientos de rebeldía sean nada, que la insurrección de la dignidad sea nada. Porque en el imaginario de la clase dominante nada son los indios, los feminismos, los gays, los negros... y más nada son si se organizan para transformar el mundo. 

    Algunos efectos del “ninguneo” sistemático, irrestricto y multimodal, se muestran como cicatrices en las personalidades acomplejadas, temerosas, opacadas, apocadas bajo cataratas de vituperios y burlas. Hay chistes a raudales fabricados ex profeso. Es todo un relato sembrado como campo minado para detonar las integridades y las identidades. No importa que las virtudes y las inteligencias prueben lo contrario, para un “ninguneador” serial no habrá límites ni frenos. El esfuerzo del otro pasará por anécdota y no por cualidad. La contribución más seria se reducirá a “ayuda”, el mejor mérito pasará a ser “casualidad” y el trabajo más tenaz, e incluso creativo, se reducirá sólo a salario. Jamás la estatura de un aporte.

    Incluso en las palmaditas de cierto tipo de halagos, habrá “ninguneo” derivado de otro que, desde su superioridad, se digna a reconocer algo del todo o de la parte. Para erguirse como evaluador o filántropo. La propia idea de limosna, monetaria o discursiva, es otra cara del “ninguneo”. Desde la palestra de los demagogos se exhibe también un “ninguneo” inyectado en la analogía, la prosodia, la sintaxis y la ortografía. Es la gramática de la superioridad inoculada como cultura de la subordinación. 

   Hablan a los pueblos, a los empleados o a los alumnos con tonito didáctico que nace de la subestimación. Piensan que “al público” se le debe hablar fácil “para que entienda”. Que se debe retacear, desmenuzar, la información y la teoría porque la gente no sabe, no escucha, “son como animalitos” y hay que ayudarlos porque por sí solos no pueden sobrevivir. “Ninguneo” a diestra y siniestra. En verdad anhelan que el otro, el pueblo, el proletariado se reduzca a una nada funcional y rentable. 

    Por eso, en simultáneo, la docilidad, la gratitud y la admiración hacia el verdugo son méritos premiados aquí en la tierra como en el cielo. Por eso la resignación y el sufrimiento pasivo, la anemia de moral guerrera… reciben apoyo ideológico y presupuestal en la disputa descomunal por el sentido. Sólo se logra “ser alguien” ante los ojos de las burguesías cuando, desde la mansedumbre, el trabajo que el empleado vende es barato y productivo. Cuando genera “buenas ganancias” y sirve de ejemplo para domesticar al conjunto. Muy especialmente, si semejante ejemplaridad alcanza para heredarla a la prole. Hasta las iglesias bendicen esa fórmula. Nada eres y en nada te convertirás.

 

jueves, 22 de febrero de 2024

    

    Cinismo Periódico

      Fernando Buen Abad Domínguez 


   The New York Times, bajo el pretexto de "defender la democracia”, goza de cierto prestigio incluso entre algunos periodistas (mercenarios), principalmente porque piensan que paga bien y da currículum la "objetividad" y la "imparcialidad" con que se autoproclama "periodismo creíble". 


   No pocos babean con el sueño de ver sus nombres publicados en ese diario emblemático, poderoso e imperialista, que se hace pasar por "progre" porque juega a expresar, con no pocas ambigüedades "políticamente correctas", la doble moral yanqui que busca escribir una Historia del Mundo a su modo para esconder a los muertos generados por el capitalismo y poner a salvo su conciencia… y su propiedad privada, claro. Muchos periodistas ilusionados con ese glamour se equivocan. 


    Distinguir lo que de interesante aporta un medio de información implica también hacer visible lo que de contradictorio tiene. Incluyendo las contradicciones criminales de la lógica empresarial que  descobija, con Fake News a la lógica informativa. Esos “Periodistas Progres" con moral burguesa y bolsillos ávidos. Primero lo primero: reducir costos a toda costa, abaratar la materia prima y abaratar “gastos” en sueldos y para eso, recortar los puestos de trabajo (de los de abajo) y quienes queden rindan más, alienados y sobre explotados. Hacer todo para que no desciendan las ganancias, sin perder prestigio (es decir compradores) 


     Ese es el negocio de la "credibilidad" burguesa y hacerse pasar por progresistas. Especialmente el New York Times y el Washington Post que son llamados, sin pizca de ironía, - por ejemplo el New York Times es conocido como "la izquierda institucional" en, por ejemplo, las más importantes revistas de política exterior - y esto es correcto, lo que no se reconoce es que el rol de la intelectualidad liberal institucional es poner unos límites muy abruptos de hasta dónde puedes llegar: "hasta aquí, pero no más allá"." Noam Chomsky. Es el negocio de la "credibilidad" o la "credibilidad" rentable moderada para cierto consumidor que gusta de las "verdades" pero ligth. ¿Y a esos medios quién les pone el "límite"?


    Hacerse "creíbles" es un eufemismo para maquillar la acumulación de poder real en la producción de "opinión pública". Eso tiene valor mercantil y no pocos pagan cualquier cantidad por treparse al carro de lo "creíble" ya sea para vender algo o para afianzar algún cargo público, por elección o por dedazo. Lo creíble es caro en un mercado como el yanqui (y no sólo) donde, poco a poco, todo es descrédito. Eso lo saben los "chef" de la noticia que condimentan diariamente la información para venderla centímetro a centímetro. Un poco de picante tipo denuncia, poco no mucho… un poco de piedad tipo "nadie debe juzgar a los otros"… amarillismo por izquierda pero leve… un poco de erudición tipo enciclopédico… y cálculo político refinado para alargar la nota hasta que suelte todo su jugo financiero. Se deja reposar toda la noche y se sirve por la mañana acompañada de anuncios publicitarios "pertinentes". Hay genios de ese juego bobalicón gracias a que hay compradores analfabetos ante ese manoseo pueril de cada día.


    ¿Por qué ha de pedirle un diario de progresismo de salón, "intervención" en asuntos de otros países, que se inmiscuya en los asuntos internos de un país que habrá de dirimir sus problemas democráticos de manera absolutamente soberana por más que en Miami sueñen otra cosa? ¿Quién le asignó a este diario la tarea mesiánica de velar por la "democracia de otros" cuando con la propia son, por decir lo menos, contemplativos? ¿De cuándo acá The New York Times se desgarra las vestiduras de la "credibilidad", abandona su "neutralidad" mítica y se arroja al campo de las parcialidades huérfano de razón y ansioso de "intervención"… precisamente la intervención que el mundo detesta a estas horas vista la barbarie en Afganistán, Irak, Líbano, Palestina, Ucrania, Guantánamo…? ¿No será esto demasiado sospechoso… obvio? ¿A quién sirven en realidad estos mass media? 

      No guardaremos silencio porque nos hacemos cómplices. The New York Times especula y comercia con todo y se excita ante la cesión temporal de poderes. Su excitación "intervencionista" convertida en "nota seria" de periodistas mercachifles es tributaria de una campaña de intensificación contrarrevolucionaria del imperialismo yanqui que anhela imponer su degeneración capitalista. Nos queda muy claro su juego periodístico su "credibilidad", su "objetividad" y su "neutralidad" informativa. Nos queda claro su cinismo. Lo denunciamos y lo repudiamos. 


miércoles, 21 de febrero de 2024

   
    Economía Política del Humanismo
        Para una Semiótica de la relación Capital-Trabajo
        Fernando Buen Abad Domínguez 

    Permítase aquí un circunloquio: Nada hay en la economía que pueda disociarse de la intervención humana cargada siempre con su historia pretérita y futura. Nada hay en el humanismo que pueda abstraerse de la economía y todos sus desafíos. Nada del trabajo nos es ajeno. Acaso porque la fuente primordial de la producción de sentido es el trabajo, sus calamidades y virtudes. En la historia del humanismo tenemos muchas pruebas. 

    Aunque algunos se empeñan en reducir la importancia del trabajo a disquisiciones puramente “técnicas” o de malabarismos “salariales”, otros prestidigitan para humanizar al capitalismo (Octavio Paz), persiste siempre una interpelación profunda sobre las condiciones objetivas del trabajo y las siempre postergadas tareas por su reivindicación como eje del desarrollo productivo igualitario en todos sus medios, modos y relaciones de producción. Subsiste siempre el imperativo de ofrecer respuestas humanistas a la realidad concreta de la dignidad del trabajo y de los trabajadores.

    Es inaceptable, desde siempre, cualquier posicionamiento frente al trabajo que deje inconclusas las deliberaciones humanistas sobre la producción de bienes, servicios, riquezas… con todas las desigualdades y contradicciones que históricamente se han acumulado en contra del trabajo y que constituyen una de las deudas más enormes para cualquier definición de nuestras civilizaciones. Semejante portento del desarrollo humano, entiende y atiende la producción de bienes materiales mientras atiende de sus responsabilidades colectivas, interviene los vínculos sociales y de identidad diversa sin descuidar y la necesidad dialéctica de perfeccionar todas sus experiencias productivas que son acciones de conocimiento y aprendizaje permanente.  No de ornato, no de museo sino como herramientas para la madre de todas las luchas. Desarrollar igualitaria e inclusivamente todas las capacidades en su esencia que es siempre social. Imposible seccionar el “valor extrínseco” del “valor intrínseco” del trabajo y del sentido porque son actividad humana desarrollada en el proceso de producción de la vida en colectivo condición de su existencia humana porque mediante el trabajo la especie humana metaboliza su ser naturaleza y su ser humano produciendo los materiales para su subsistencia indisociable en material y espiritual - objetiva y subjetiva.

    Es necesario interponer el sentido del humanismo de nuevo género para desarrollar una nueva concepción histórica sobre el trabajo y sobre la economía en la relación necesaria de los seres humanos con la naturaleza y consigo mismos; en la reordenación de sus relaciones con la naturaleza que, transformándola, transforma a los seres humanos. Es necesario negarnos a reducir lo productivo a sólo números porque, de hecho, el trabajo expresa la inteligencia humana para transformar los recursos en medios para sí, mientras desarrolla conocimiento, valores, sentimientos… sentido. Revoluciona la conciencia y desencadena más sentido como semiótica voluntaria y como necesidad de comunicación que también, es trabajo humano en pleno proceso de construcción de los “social”. Es su principio como actividad propiamente humana y no individualista. 

    Otra cosa es el trabajo alienado como calamidad agobiante que genera sentido de penuria, desolación    abandono y desorganización donde se obstaculiza el desarrollo de talento solidario, fortaleza de convicciones, potencialidades creativas, placeres o “vida buena”. Con el trabajo se produce una derrota contra la civilización, aunque algunos se beneficien de ello. Es esa una de las consecuencias anti-humanas del capitalismo que impone una dictadura de enajenaciones bélicas, económicas y mediáticas contra la especie humana y contra el producto de su trabajo. Se derrumba el carácter de la especie como ser genérico para sí y se convierte en “esclava” de los propios objetos que produce. “Cuanto más produce el trabajador menos tiene para consumir; cuanto más valor crea más se desvaloriza él mismo; cuanto más refinado es su producto más vulgar y desgraciado es el trabajador; cuanto más civilizado es el producto más bárbaro es el trabajador; cuanto más poderosa es la obra más débil es el trabajador; cuanta mayor inteligencia manifieste su obra más declina en inteligencia el trabajador y se convierte en esclavo de la naturaleza” Marx

   Nosotros necesitamos una revolución de la conciencia humanista que asuma el trabajo y su dignificación como una corriente científica de economía política para la justicia laboral, emocional y simbólica. Si nuestra especie es esencialmente productora de sentido con base material en lo objetivo y en lo subjetivo, hemos de ser dueños conscientes de nuestras fuerzas productivas para satisfacer las necesidades de las panzas y de las almas, de los espíritus, de la ética y de la moral. Conscientes de nosotros mismos como poderío económico de especie humana que expresa de sí mismo su compromiso con su universalidad humanista. 

    Producir para toda la especie, en condiciones de igualdad y reciprocidad capaces de transformar la naturaleza en un mundo de todos, como actividad del sentido consciente y voluntaria, por ello, resolviendo dialécticamente necesidades materiales y semióticas centradas en el trabajo libre que exprese las cualidades humanas genéricas, y nos permita reconocernos con amor. Que el mayor tesoro de la humanidad sea ella misma. 

  Semiótica para la Emancipación Fernando Buen Abad Domínguez  No es sólo la interpretación de signos lo que está en juego, sino la producci...