jueves, 19 de marzo de 2026



Economía libidinal de la violencia

Guerra cognitiva con “palomitas”

Fernando Buen Abad Domínguez 

    Hay formulaciones rigurosas —y radicales— que reubican el problema del “cine bélico”, como género, en el marco de una crítica del belicismo como forma histórica de producción de sensibilidad. Lo decisivo no es qué películas hablan de la guerra, sino cómo el cine mismo participa en la organización perceptiva que vuelve la guerra pensable, tolerable o incluso deseable. Un punto de partida fértil es Walter Benjamin, que advierte sobre esa modernidad que convierte la política en estética y la guerra en su culminación espectacular. La tesis —en su formulación más incisiva— no dice simplemente que el cine represente la guerra, sino que la guerra moderna necesita del régimen perceptivo que el cine entrena: fragmentación, shock, velocidad, discontinuidad, simultaneidad. No es una coincidencia formal; es una homología material. La guerra industrial y el montaje cinematográfico comparten una misma gramática de interrupciones y colisiones. La ideología de la clase dominante en las pantallas. 

    Desde esta perspectiva, el belicismo no es propaganda en sentido “inocente”. Es algo más profundo: una economía libidinal de la violencia organizada por imágenes. Aquí es útil la lectura de Paul Virilio, sobre la tecnología de visión que es, al mismo tiempo, una tecnología de destrucción. No hay historia del cine separable de la historia de los dispositivos militares de percepción: la cámara aérea, la visión nocturna, la interfaz de targeting. El cine no sólo muestra la guerra; prototipa la mirada que la hace operable. Ver es ya una forma de apuntar. Sin embargo, esta relación no es lineal. El análisis de Theodor W. Adorno y Max Horkheimer sobre la industria cultural evidencia que incluso las películas que “critican” la guerra pueden terminar reproduciendo su lógica. La industria no vende contenidos sin formas de experiencia estandarizadas. Y el horror bélico puede ser consumido como una variación intensificada del entretenimiento macabro. La negatividad queda neutralizada por su inscripción en un circuito de goce administrado. Dicho de otro modo: La denuncia puede convertirse en mercancía sin perder su apariencia crítica.

    Aquí Guy Debord radicaliza el diagnóstico: la guerra no es sólo un acontecimiento representado, sino un momento privilegiado de la sociedad del espectáculo, donde la separación entre experiencia y representación alcanza su forma más extrema. El espectador no participa de la guerra, pero consume su imagen como experiencia vicaria y placentera. Esta distancia no desactiva la violencia; la reorganiza como consumo. El belicismo, entonces, no necesita convencer ideológicamente de manera explícita: le basta con integrar la guerra al flujo de lo visible consumible. Una teoría verdaderamente rigurosa no puede detenerse en la denuncia de la espectacularización. Debe interrogar la estructura misma de la identificación. ¿Por qué el espectador se alinea placenteramente con ciertos puntos de vista? ¿Cómo se construye la empatía? Aquí el problema toca la arquitectura de la subjetividad cinematográfica. La cámara no es un ojo neutro: es una posición. Y esa posición organiza jerarquías de visibilidad: quién merece ser visto, quién puede morir, qué violencia es narrativamente necesaria y cuál es descartable. El belicismo opera, entonces, como una pedagogía de la percepción moral.

    Siegfried Kracauer aporta otra densidad. No se trata sólo de que el cine anticipe tendencias sociales, sino de que las sedimenta en formas perceptivas que luego parecen naturales. El espectador aprende a reconocer la guerra antes de vivirla; aprende incluso a desear ciertas formas de resolución violenta como cierre narrativo satisfactorio. La guerra deviene inteligible porque ya ha sido estructurada como relato. Lo decisivo —y aquí es donde el análisis debe radicalizarse— es que el belicismo no reside únicamente en las imágenes de combate. Puede instalarse en estructuras narrativas aparentemente alejadas de la guerra: la lógica del exterminio como motor absoluto, la reducción de la alteridad a antagonismo, la resolución mediante la aniquilación del otro. En este sentido, el cine participa de una ontología conflictivista de clase que naturaliza la violencia como horizonte de inteligibilidad. La guerra no aparece como excepción, sino como forma intensificada de una lógica ya operante.

  Desde una perspectiva semiótico-crítica, esto obliga a reubicar el problema: el belicismo cinematográfico es inseparable de las condiciones de producción, incluyendo a la industria del cine. No es casual que las industrias audiovisuales más potentes estén ligadas a complejos económicos que incluyen intereses militares, tecnológicos y geopolíticos. Por el contrario, reducir el análisis a “propaganda” sería insuficiente. Lo fundamental es comprender cómo esas condiciones se traducen en formas estéticas que organizan la experiencia sensible de masas. La crucial, entonces, no es si una película está “a favor” o “en contra” de la guerra. Esa pregunta es, en el fondo, ingenua. La verdadera pregunta es: ¿qué hace esa película con la percepción del espectador? ¿Desorganiza la lógica de identificación? ¿Interrumpe la fascinación? ¿Hace visible lo que el dispositivo tiende a ocultar —la materialidad del sufrimiento, la opacidad del enemigo, la imposibilidad de clausura? ¿O, por el contrario, restituye el orden mediante una forma que reconcilia al espectador con la violencia?

    En última instancia, una teoría del belicismo en el cine debe abandonar cualquier comodidad moral y asumir su tarea crítica en un nivel más incómodo: el de la complicidad estructural entre forma estética y violencia histórica. El cine no es un espejo ni un simple instrumento; es un campo de producción de realidad sensible donde se disputa la posibilidad misma de imaginar —o de bloquear— alternativas a la guerra. Y allí, precisamente allí, se juega su dimensión política más profunda.

    No existen “números exactos universales” para todas las películas bélicas norteamericanas porque no hay una base de datos única que clasifique exhaustivamente toda la producción histórica por géneros con criterios homogéneos. Lo que sí existe son estimaciones académicas y estadísticas parciales suficientemente sólidas para responder con rigor.

    1. El único caso con cifra “exacta” comprobada. Durante la Segunda Guerra Mundial: 500 de 1700 películas producidas en Hollywood (1942–1945) fueron de guerra. Eso equivale a: 29,4 % ≈ 30%. Este es el máximo histórico comprobado. Nunca se ha repetido. 2. Promedio histórico amplio (siglo XX–XXI): Un estudio de corpus cinematográfico (1912–2011): Total de películas de guerra: 437; Porcentaje sobre el total: 3,24%.   Este es el dato más cercano a un promedio general estructural del cine. 3. Variación por décadas (datos concretos): Según el mismo registro: 1940s: hasta 6,3 % 1950s: hasta 6,37 % 1960s: 5,24 % 1990s: 0,92 % 2000s: 2,05 % Si se exige precisión: Máximo histórico (caso excepcional de guerra total): ~30 % Promedio histórico general (dato más sólido): 3,24 % Rango habitual real: 1 % – 6 % Actualidad (aprox.): < 2 % La idea de que “la mayoría del cine estadounidense trata sobre guerras” es empíricamente falsa. Lo que sí es cierto —y aquí está la clave semiótica— y es que Las películas de guerra tienen alto impacto simbólico. Reciben más visibilidad, premios y circulación. Están ligadas al llamado complejo militar-cultural. Es decir: no son muchas, pero pesan mucho. El dilema se vuelve interesante: no cuántas películas son “de guerra” en sentido estricto, sino cuántas están atravesadas por imaginarios, valores y narrativas militarizadas aun cuando no lo declaren explícitamente.

    No obstante, no estamos en el terreno del conteo simple, sino en el análisis ideológico y semiótico. El cine de guerra “puro” —tipo Saving Private Ryan o Platoon— representa una fracción pequeña pero altamente visible. Existe un anillo ampliado que es cine militarizado sin ser “de guerra”. Aquí entran películas donde: Hay fuerzas armadas o agencias armadas como protagonistas. Se legitima el uso de la violencia organizada. Se construye al enemigo como amenaza absoluta. Ejemplos claros son: Top Gun, American Sniper, Black Hawk Down. Y también muchas de “acción”: Transformers (cooperación directa con el Pentágono), Iron Man

    Según estudios sobre cooperación militar en Hollywood, entre 15% y 25% del cine comercial estadounidense contiene este tipo de narrativa militarizada. Y el nivel profundo: la estructura narrativa de guerra se vuelve más sutil. Incluso películas sin soldados reproducen la lógica de guerra: Mundo dividido entre “bien” y “mal”. Conflicto resuelto por aniquilación del enemigo. Heroísmo individual armado. Redención mediante violencia: The Dark Knight, Avatar, Star Wars.

    Más del 50 % del cine mainstream reproduce estructuras narrativas equivalentes a la guerra. Si se suman niveles: Guerra explícita: ~3% Militarización directa: ~15–25% Lógica narrativa de guerra: >50% Aunque pocas películas “tratan sobre guerras”, una parte muy significativa del cine está organizada por la lógica de la guerra. Esto no es casual. Ya lo había anticipado Dwight D. Eisenhower cuando habló del complejo militar-industrial: la producción simbólica acompaña la producción material. Hollywood no solo narra guerras: normaliza la guerra como forma de pensar el mundo.

    Tal belicismo fílmico no constituye simplemente un género ni una preferencia estética entre otras, sino una forma de organización simbólica del mundo que penetra la sensibilidad social, modela la percepción política y contribuye decisivamente a la producción de subjetividades funcionales a determinadas relaciones históricas de poder. Su eficacia no reside únicamente en la explicitud de las narraciones bélicas, sino en la sedimentación de una gramática narrativa que naturaliza el conflicto armado como horizonte de inteligibilidad de lo real. En este sentido, el cine no sólo representa la guerra: la vuelve pensable, deseable o inevitable, según los intereses que estructuran su producción.

    Su industria cinematográfica, inscrita en el entramado material del capitalismo avanzado, opera bajo determinaciones que exceden el campo artístico. Su lógica de producción, distribución y legitimación está atravesada por relaciones de clase, por estructuras de financiamiento concentradas y por vínculos, a menudo opacos, con aparatos estatales y corporativos. En ese marco, el belicismo fílmico no puede interpretarse como una simple inclinación temática, sino como una mediación ideológica que participa en la reproducción de un orden social donde la violencia organizada cumple funciones decisivas. La guerra, en tanto forma extrema de la política en condiciones de antagonismo irreconciliable, se traduce en espectáculo y devuelta a la sociedad como pedagogía emocional.

    Lo que se produce, entonces, es una doble operación. Por un lado, se estetiza la violencia: la destrucción, el combate y la muerte se convierten en experiencias visuales intensas, reguladas por códigos de espectacularidad que atenúan su materialidad histórica. Por otro lado, se moraliza el conflicto: la guerra aparece como lucha entre entidades claramente diferenciadas, donde el “bien” y el “mal” se distribuyen de manera inequívoca, clausurando la posibilidad de análisis estructural. Esta simplificación no es ingenua. Funciona como mecanismo de neutralización de la conciencia crítica, en la medida en que desplaza la atención desde las causas materiales de los conflictos —intereses económicos, disputas geopolíticas, control de recursos— hacia relatos de carácter ético o psicológico.

    Una subjetividad que emerge de este régimen simbólico es profundamente contradictoria. Por un lado, se exalta la figura del individuo heroico, capaz de intervenir decisivamente en el curso de los acontecimientos mediante el uso legítimo de la fuerza. Por otro lado, se diluye la comprensión de las condiciones colectivas que hacen posible tanto la guerra como la propia figura del héroe. La acción aparece desvinculada de la estructura, y la historia se presenta como resultado de voluntades individuales antes que como proceso determinado por relaciones sociales. Esta operación ideológica es funcional a una forma de conciencia que, en términos marxistas, puede describirse como mistificada: reconoce los efectos, pero oculta las causas.

    En el plano de la percepción política, el belicismo fílmico contribuye a configurar un imaginario donde el conflicto social se traduce en términos de confrontación absoluta. La lucha de clases, que constituye el núcleo dinámico de las sociedades capitalistas, es desplazada por una representación abstracta del antagonismo, en la que los sujetos históricos concretos desaparecen o son sustituidos por figuras deshistorizadas. El resultado es una despolitización paradójica: la política aparece saturada de conflicto, pero vaciada de contenido material. Se combate, pero no se sabe por qué ni para quién.

    Esta despolitización tiene efectos concretos en la vida cotidiana. La internalización de la lógica de guerra como esquema interpretativo conduce a una percepción del otro como potencial enemigo, a una disposición afectiva marcada por la sospecha y a una comprensión de los problemas sociales en términos de amenaza y respuesta. La inseguridad, la competencia y la precariedad, características estructurales del capitalismo contemporáneo, encuentran en esta matriz simbólica un terreno fértil para su naturalización. El conflicto deja de ser concebido como producto de relaciones sociales transformables y pasa a ser experimentado como condición inherente de la existencia.

    Sin embargo, sería un error reducir el belicismo fílmico a una simple herramienta de dominación unidireccional. La producción cultural es siempre un campo de lucha, atravesado por contradicciones y resistencias. Incluso en el interior de narrativas aparentemente alineadas con la lógica dominante, es posible identificar fisuras, ambigüedades y momentos de cuestionamiento. Estas tensiones revelan que la hegemonía nunca es absoluta, y que la conciencia social se construye en un proceso conflictivo donde intervienen múltiples fuerzas.

    Desde una perspectiva humanista, la crítica del belicismo fílmico no puede limitarse a la denuncia moral ni a la condena abstracta de la violencia. Debe orientarse a desentrañar las condiciones materiales que hacen posible su existencia y a comprender su función en la reproducción de las relaciones de clase. Esto implica, en primer lugar, analizar la industria cinematográfica como parte de la economía política del capital, identificando sus vínculos con los centros de poder económico y estatal. En segundo lugar, exige examinar las formas específicas en las que las narrativas belicistas configuran la subjetividad, prestando atención a los mecanismos mediante los cuales se producen identificación, empatía y adhesión.

    Sin embargo, la crítica no puede agotarse en el análisis. Debe proyectarse hacia la transformación. Esto supone la construcción de alternativas simbólicas que no reproduzcan la lógica de la guerra como horizonte inevitable, sino que abran espacio para imaginar formas de organización social basadas en la cooperación, la solidaridad y la resolución no violenta de los conflictos. No se trata de negar la existencia del antagonismo —la lucha de clases es real y no puede ser disuelta en armonías ficticias—, sino de desnaturalizar sus formas históricas concretas y de disputar el sentido en que es representado.

    Nuestra tarea es revolucionar la conciencia. Desmontar el belicismo fílmico implica cuestionar las maneras en que se nos enseña a ver, a sentir y a pensar. Implica reconocer que la percepción no es neutral, que está mediada por estructuras simbólicas que responden a intereses determinados. Y, sobre todo, implica recuperar la capacidad de pensar el mundo más allá de los esquemas impuestos, de imaginar alternativas que no reproduzcan la violencia como principio organizador de la vida social.

    En este proceso, la lucha de clases reaparece como horizonte ineludible. No como consigna vacía, sino como categoría analítica que permite comprender la raíz de los conflictos y orientar la acción transformadora. Frente a la estetización de la guerra, la tarea es reintroducir la historia; frente a la moralización del conflicto, reintroducir la política; frente a la individualización del heroísmo, reintroducir la praxis colectiva. Sólo así será posible desarticular la eficacia del belicismo fílmico y abrir camino a una cultura que, en lugar de naturalizar la violencia, contribuya a su superación histórica.




 

lunes, 2 de marzo de 2026

 


    Semiótica del “Crimen Organizado”
    Fernando Buen Abad Domínguez. 

    Defender un movimiento de masas 4T implica combatir la narco-cultura narco-mediática de las derechas. Usan la expresión “crimen organizado” para tapar con máscara de “narcotráfico” al neoliberal-capitalismo, que es una de las canalladas criminales más cruentas dedicada a robar el producto del trabajo y la materia prima a costa de sangre, sudor y lágrimas de los pueblos. No existe registro contable global del “capital robado”; son estimaciones a partir de datos fiscales, transacciones financieras, evasión fiscal, transferencias de capitales, etc. Por ejemplo, desde 1980-1990, con la apertura de mercados, privatizaciones, desregulación financiera, se calcula conservadoramente la sustracción acumulada de 300 a 700 mil millones de dólares. 
    De 1990 a 2000, con la expansión neoliberal: 0.8 – 1.5 billones de dólares.  Entre 2000 y 2010: Auge de capital financiero y crisis global, $5 y $10 billones.  2010 – 2025: $8 – 15 billones han sido transferidos desde economías del Sur a beneficios financieros concentrados. Podría considerarse más de 20 billones de dólares, sin contar el valor de esos capitales si hubieran permanecido en economías productivas con reinversión social. 
    Vivito y coleando hasta la fecha, el neoliberalismo es una maquinaria de apropiación del valor producido por los pueblos, un crimen organizado que tras la fachada de mercados “libres” y “competitivos” oculta un entramado delictivo de saqueo, despojo y control simbólico.  Cada índice, cada signo monetario, cada indicador de crecimiento no es neutro; son vectores semióticos de explotación que ocultan el drenaje real del producto social. La producción de sentido neoliberal funciona como un dispositivo de enmascaramiento; su semiosis no informa, sino que normaliza la apropiación de lo ajeno, configura la percepción de lo inevitable y reproduce la obediencia social mediante la internalización de la desigualdad como “ley natural”.
    En el núcleo de esta estructura, la violencia económica se camufla de manera sutil y simbólica: las cifras de desempleo, las privatizaciones de bienes comunes, la criminalización de la pobreza, la desregulación de mercados estratégicos, la eliminación de derechos laborales y el recorte de servicios esenciales operan como signos de dominación, cuyo efecto no es inmediatamente visible. La semiósfera neoliberal se sostiene mediante la creación de una narrativa de inevitabilidad y eficiencia, que oculta la continuidad histórica de saqueo y apropiación, generando la ilusión de que las desigualdades son consecuencia de la competencia justa y no de un orden sistemático de depredación.
    Ese “crimen organizado” que el neoliberalismo encarna se despliega en múltiples niveles: económico, jurídico, mediático, cultural y simbólico. Cada contrato financiero, cada reforma legislativa y cada campaña mediática constituyen un signo operativo que articula un entramado de dominación. Las instituciones internacionales, los bancos y los grandes consorcios actúan como nódulos semióticos que coordinan la circulación de riqueza y la imposición de discursos, generando un flujo continuo de signos que reproduce la alienación y el despojo. Red de signos que legitiman lo ilegítimo y naturalizan lo criminal.
    Dicen que son lo mejor que pudo pasarnos. Una máquina de subjetivación, que no sólo explota los cuerpos y la fuerza de trabajo, deforma el pensamiento, las emociones y la percepción de la realidad. Sus semiosis de mercado introducen en las conciencias la idea de que la precariedad, la competencia individualista y la privatización de la vida social son inevitables, y que rebelarse es irracional. Paisaje semiótico de miedo y normalización, donde los discursos sobre deuda, déficit, productividad y eficiencia son signos que disciplinan y controlan, enmascarando la violencia real detrás de un lenguaje de neutralidad técnica. Su violencia económica se traduce en hambre, enfermedad, exclusión y migración forzada; la violencia simbólica, en miedo, culpa y resignación; y ambas se cruzan en la creación de semiosferas de obediencia y dependencia. Hasta la fecha.
    Cada noticia sobre crecimiento económico, cada gráfico sobre índices financieros, cada titular mediático que celebra privatizaciones o flexibilizaciones laborales funciona como un signo que refuerza la narrativa de legitimidad, ocultando los crímenes estructurales: expropiación de la riqueza social, concentración de capital, destrucción de comunidades y exterminio silencioso de los más vulnerables. Además, establece jerarquías semióticas: ciertas voces, símbolos y narrativas se promueven mientras otras se desarticulan o se invisibilizan. 
    Sus medios de comunicación, think tanks, publicaciones académicas y plataformas de “redes sociales” funcionan como nódulos de sentido, que consolidan la hegemonía. En este sentido, se puede hablar de un orden criminal semiótico, donde la semiosis se usa como arma para garantizar la reproducción social de privilegios y desigualdades. La guerra cognitiva no se limita a información falsa, sino a la saturación de significados, la fragmentación de interpretaciones y la creación de confusión, que convierte la conciencia social en terreno de apropiación simbólica constante.
    Con un análisis semiótico del neoliberalismo se revela su estructura como crimen organizado de mercado, deuda, privatización y flexibilización; cada uno funciona como vector de extracción de valor, perpetuando un orden criminal que se sostiene en la percepción de inevitabilidad y legitimidad. Así, la verdadera batalla no se libra sólo en la economía ni en la política, sino en el terreno de los signos y del sentido. 
    Cada disputa consciente por el sentido, cada narración alternativa, cada recombinación semiótica de resistencia constituye un arma contra la criminalidad estructural que el neoliberalismo representa. Así, el combate semiótico se convierte en una estrategia esencial para evidenciar lo invisible, denunciar la apropiación sistemática de riqueza, exponer la violencia simbólica y reconstituir los sentidos sociales para que la producción del trabajo, la cultura y la vida misma de los pueblos deje de ser objeto de extracción y dominación.


miércoles, 18 de febrero de 2026

 

Semiótica para la Emancipación

Fernando Buen Abad Domínguez 

No es sólo la interpretación de signos lo que está en juego, sino la producción material de sentido, su circulación, su apropiación y sus efectos en la conciencia social. Cada representación —sea una palabra, una imagen, una consigna o un meme— porta una carga histórica, cristaliza relaciones sociales, sedimenta ideologías, disputa lugares en la memoria y en el deseo. Por eso, la semiótica para la emancipación trabaja en campos hipotéticos, escenarios donde lo aparente puede ser cuestionado, desmontado, reconfigurado. El signo no es lo que parece. La representación no es inocente. La apariencia tiene historia y, por tanto, puede y debe ser intervenida. Semiótica como crítica del poder simbólico.

Sembrar sospechas en campos hipotéticos sobre el sentido real de toda representación, su cometido histórico y sus disputas de clase. En el cruce inestable de la historia con el lenguaje, allí donde las palabras se convierten en armas o en cadenas, la semiótica no puede ser neutral. Si la semiótica ha sido definida como la ciencia de los signos, hoy debemos asumirla como ciencia de las apariencias en lucha. Una semiótica para la emancipación, por tanto, no se contenta con descifrar sistemas de signos como si fueran estructuras fijas, ordenadas por alguna gramática supra-social o trascendental. Su campo de trabajo es la contradicción; su método, la sospecha; su horizonte, la libertad humana.

Toda dominación precisa una hegemonía semiótica. No hay poder que no dependa, en alguna medida, del control sobre los códigos de interpretación, de los modos de nombrar, de los relatos permitidos y prohibidos. El capital no sólo organiza la producción de mercancías; organiza también la producción de significaciones. En las sociedades contemporáneas, el signo es un territorio de clase. Cada palabra cargada políticamente —libertad, democracia, patria, progreso, seguridad— está sometida a un campo de fuerzas donde la lucha de clases se libra en el plano de las apariencias.

En ese sentido, nuestra tarea es detectar el lugar ideológico de cada representación, denunciar su genealogía, su funcionalidad histórica, su papel en la reproducción (o en la ruptura) del orden establecido. No se trata de acusar a los signos de falsedad desde un supuesto punto de vista “verdadero”, sino de hacer estallar la superficie aparente y evidenciar su participación en las estructuras sociales de dominación. El sentido está implicado en la historia, el signo es siempre un campo de batalla. Su neutralidad es imposible. Sospecha, contra-lectura, desenmascaramiento

Sembrar sospechas es desestabilizar las cristalizaciones simbólicas impuestas por las clases dominantes. Es abrirle grietas a lo aparentemente obvio, a lo dado como natural o necesario. Toda lectura emancipadora es una lectura contra-hegemónica, es decir, una lectura que ve en cada discurso no sólo lo que dice, sino también lo que oculta; no sólo lo que afirma, sino lo que impide pensar.

Nuestra semiótica para la emancipación debe operar como una forma de contrainteligencia simbólica, detectar los dispositivos ideológicos incrustados en las formas del decir, del mostrar, del narrar. El sentido común —ese campo minado por el consenso— es el primer lugar donde deben sembrarse las sospechas. Porque allí, en el lenguaje cotidiano, habita la reproducción de la dominación disfrazada de normalidad. En cada eslogan publicitario, en cada editorial de la prensa empresarial, en cada serie de Netflix, en cada discurso presidencial, en cada currículo escolar, hay una red de signos que organiza el horizonte de lo pensable. De ahí que nuestra semiótica deba ser tácticamente insurreccional, no resignarse al análisis, sino actuar como herramienta de combate para la conciencia.

La representación como campo de disputa. Las representaciones no son meros reflejos. Son actos sociales de intervención en el mundo. No hay representación sin intencionalidad, sin efecto, sin consecuencias. En ese sentido, toda representación es ideológica, y toda ideología es histórica. De ahí que debamos leer cada representación no sólo desde lo que significa, sino desde a quién le sirve, cuándo, dónde, por qué y para qué. Esa es la clave de una semiótica militante, no describir signos, sino desenmascarar sus funciones en la lucha de clases. Los medios de comunicación son el ejemplo más evidente de esta lucha. No sólo informan, forman. No sólo representan, construyen realidad. La prensa empresarial no “cubre” los hechos, los produce dentro de una maquinaria ideológica que los ordena, jerarquiza y enmarca. Las redes sociales no son espacios neutrales de expresión, sino plataformas diseñadas para la fragmentación y el control algorítmico del sentido. El arte no es siempre subversivo; puede ser también vehículo de estetización del capital. La ciencia no es siempre emancipadora; puede servir a los intereses del capital financiero, como en la farmacología privatizada o la inteligencia artificial sin ética.

Ante este panorama, la semiótica para la emancipación debe actuar como una epistemología del presente, una teoría crítica del sentido socialmente producido. Debe preguntarse, ¿qué sentidos dominan hoy?, ¿quién los produce?, ¿quién los distribuye?, ¿quién se beneficia de su hegemonía?, ¿qué alternativas están siendo reprimidas o silenciadas? Hacia una semiótica de clase. El marxismo nos ha enseñado que toda producción humana es producción social. Los signos, como las mercancías, tienen una materialidad social, son producidos bajo determinadas condiciones, para determinados fines, con determinados medios, en determinadas relaciones de poder. No hay signo sin historia, ni historia sin conflicto. Por eso, una semiótica verdaderamente crítica no puede ser idealista, ni estructuralista, ni posmoderna en el sentido de diluir toda referencia a la lucha de clases. Debe ser materialista, dialéctica y revolucionaria.

Una semiótica de clase —inspirada en Marx, Gramsci, Voloshinov, Mészáros, Mattelart, — sabe que el sentido no es un objeto neutro ni eterno, sino una construcción sujeta a las condiciones materiales de la vida. Y sabe también que el lenguaje no sólo refleja la realidad, sino que la construye, la distorsiona, la organiza o la desorganiza. En este sentido, el lenguaje no es sólo un campo simbólico, es un campo político. Y toda política de la emancipación debe tener una política del lenguaje. Hay que reapropiarse de las palabras. Hay que disputar las narrativas. Hay que reinventar los símbolos. Hay que crear nuestras propias gramáticas, semánticas y sintaxis para nombrar el mundo desde los pueblos, desde las luchas, desde la memoria combativa.

Semiótica militante y construcción del porvenir

Una semiótica para la emancipación no se limita a la crítica, construye. No se contenta con la sospecha, organiza. Su tarea es doble, desmontar el sentido dominante y crear nuevas posibilidades de representación al servicio de los pueblos en lucha. Esto implica una pedagogía del lenguaje, formar sujetos capaces de leer críticamente el mundo simbólico, de resistir la manipulación mediática, de producir sentido desde abajo. Esto implica, también, una ética revolucionaria de la palabra. Porque no todo enunciado sirve a la vida. Hay signos que matan. Hay representaciones que naturalizan la injusticia. Hay narrativas que anestesian la conciencia. Nuestra semiótica debe apostar por la vida, por la verdad histórica, por la justicia social.

En última instancia, lo que está en juego no es sólo la interpretación del mundo, sino su transformación. No se trata de leer los signos desde el pasado, sino de producir signos para el porvenir. De crear nuevas formas de decir lo que aún no tiene nombre. De anunciar lo que vendrá con signos que no sirvan al mercado, sino a la dignidad. Sembrar sospechas en campos hipotéticos no es sólo un acto intelectual, es un acto de rebelión semiótica. Allí donde el sentido está secuestrado por los poderes hegemónicos, nuestra tarea es devolverlo al pueblo. Allí donde la representación sirve al capital, debemos interrumpirla. Allí donde el lenguaje se vuelve prisión, debemos abrir puertas con signos nuevos. Porque la semiótica, si quiere ser emancipadora, debe ser arma de combate, herramienta de conciencia, forma de lucha. Y en ese camino, cada signo puede ser una chispa. Cada palabra, una trinchera. Cada lectura crítica, una semilla. Que florezca la sospecha. Que hable el pueblo. Que se levanten los signos de la vida contra las cadenas de la apariencia.





viernes, 31 de enero de 2025



    Pandemia de Falsa Conciencia
Fernando Buen Abad Domínguez

    Vivimos sometidos a la dictadura de la “falsa conciencia” porque es un sistema de manipulación que resultó muy útil y muy rentable para ocultar las condiciones inhumanas de explotación del trabajo bajo la apariencia de un intercambio justo entre mercancías. Estudiar los antecedentes, situación actual y perspectivas de la “falsa conciencia” es indispensable. Los debates sobre su toxicidad y su desarrollo contradictorio, en la lucha de clases, son centrales como instrumental científico contra las condiciones materiales de la explotación, desorganización y desmoralización de la clase trabajadora que debe organizar frentes de contraofensiva y guerrilla semiótica para combatir la “falsa conciencia” de que el orden social burgués es natural e inmutable. 
    Entiéndase aquí por “falsa conciencia” esa categoría central en Marx, desarrollada más explícitamente por Engels, aparecida en una carta a Franz Mehring del 14 de julio de 1893, donde explica cómo las representaciones ideológicas suelen enmascarar las condiciones materiales que las generan: “La ideología es un proceso que el llamado pensador realiza conscientemente, pero con una conciencia falsa. Las verdaderas fuerzas impulsoras que lo mueven le son desconocidas; de otro modo, no sería un proceso ideológico. Por tanto, imagina falsas o aparentes razones.” (Engels, Carta a Mehring, 14 de julio de 1893, en Marx y Engels, Correspondencia completa, volumen 4).
    Engels aclara que la ideología es el resultado de un proceso en el que las personas creen estar actuando por razones autónomas, cuando en realidad sus pensamientos están determinados por condiciones materiales que desconocen. Marx, que lo explicó de otra manera, desnuda una forma del engaño estructural premeditado en la que las ideas dominantes operan como emboscada para ocultar la naturaleza salvaje de las relaciones sociales de explotación impuestas por el capitalismo. Este concepto es central en La ideología alemana (1845-1846), donde Marx y Engels afirman: “Las ideas de la clase dominante son, en cada época, las ideas dominantes; es decir, la clase que es la potencia material dominante de la sociedad es, al mismo tiempo, su potencia espiritual dominante.” (La ideología alemana, 1845-1846, en Marx y Engels, Obras escogidas, Moscú, Editorial Progreso, 1974, t. I, p. 37).
    Bajo el capitalismo no predominan las “ideas autónomas”, ni reflejan la realidad de manera objetiva, sino que sirven para enmascarar y perpetuar el dominio de una clase sobre otra. La ideología de la clase dominante enmascara la explotación y hace que las clases explotadas acepten su situación como natural, bajo coerción de muy diversa índole y desmoralizaciones hijas de la violencia moral y física. Encima de esto la fabricación del “fetichismo de la mercancía” como engaño en el que  las mercancías ocultan la explotación de los trabajadores: “El carácter místico de la mercancía no proviene, pues, de su valor de uso […] sino de la forma misma del valor. […] El producto del trabajo se convierte en una cosa dotada de valor porque la relación social entre productores adopta la forma de una relación social entre productos del trabajo.” (El Capital, tomo I, 1867, en Marx, El Capital, Siglo XXI Editores, 1975, p. 94).
    Con la propagación de la “falsa conciencia” nació también un gran negocio que, además de anestesiar las evidencias sobre la explotación, incubó el disfrute por el engaño. Una estética del “síndrome de Estocolmo” reivindicada por un conjunto de espejismos del sacrificio, la meritocracia, la resignación y el dogmatismo por el trabajo despojado de toda conciencia social.  Emboscada rentable que distorsiona la percepción de la realidad social. La “falsa conciencia” es, entonces, la manera en que las personas interpretan su mundo a partir de una visión deformada, sin comprender, cabalmente, las causas reales de su situación. “En cada época, las ideas de la clase dominante son las ideas dominantes, es decir, la clase que ejerce el poder material dominante en la sociedad es al mismo tiempo su poder espiritual dominante.” (La ideología alemana, 1845-1846, en Marx y Engels, Obras escogidas, Moscú, Editorial Progreso, 1974, t. I, p. 37).
    Es la dictadura de una “visión del mundo” como si fuese la única verdadera, natural y universal. No es solamente un conjunto de ideas erróneas, es un sistema, calculado y producido, incluso por talentos adiestrados científicamente en las entrañas intelectuales de las burguesías, para intoxicar todo, estructuralmente, con cualquier palabrerío, más o menos lustroso, que ayude a ocultar las relaciones materiales de explotación. No nos engañan, la infraestructura económica determina, en última instancia, la superestructura ideológica pero no con simplismos lineales ni como reflejo simple de la base material. Tales emboscadas operan de maneras cada vez más rentables, sofisticadas y enredosas: “Según la concepción materialista de la historia, el factor determinante en última instancia es la producción y reproducción de la vida real. Ni Marx ni yo hemos dicho nunca otra cosa. Si alguien lo distorsiona afirmando que el factor económico es el único determinante, convierte nuestra tesis en una frase vacía, abstracta y absurda. La situación económica es la base, pero las diversas formas de superestructura –formas políticas de lucha de clases, formas jurídicas, reflejos ideológicos como la religión, la filosofía y otros– también influyen en la historia.” (Carta a Bloch, 21 de septiembre de 1890, en Marx y Engels, Correspondencia).
    Se trata de envolver al capitalismo con un manto místico protector. Toda la parafernalia inventada por el capitalismo para esconder su putrefacción y hacernos tragarla como si fuese un triunfo de la humanidad, se basa en fabricar apariencias de distracción y anestesia de la razón. “La economía política clásica se mueve dentro de estas apariencias. Descubre la conexión real, pero no la expone. Esto lleva a que las relaciones capitalistas de producción, aparezcan como relaciones eternas, naturales y evidentes.” (Anti-Dühring, 1877, en Obras completas de Marx y Engels, volumen 25).
    Se ocultan bajo la “falsa conciencia” los modos, los medios y las relaciones de explotación capitalista para que parezcan eternos e inevitables. Se trata de deformar toda percepción de la realidad para poner a salvo los intereses de la clase dominante. Estudiar la “falsa conciencia” desde sus raíces, nos aporta una fortaleza ética clave: mejorar nuestra capacidad en la disputa por el sentido, sabiendo que no luchamos contra “un error individual”, sino contra un sistema planificado de distorsión estructural, mafiosamente producido. Recuperar nuestro derecho a ser históricos y transformar al mundo contra todo lo que lo presenta como si fuese algo dado, fuera de nuestro control, en lugar de reconocerlo como producto de relaciones humanas modificables dialécticamente. Comenzando por la conciencia de clase y la identidad de clase. Hoy tan distorsionadas.





domingo, 3 de marzo de 2024


Simón Bolívar el Hombre de las Comunicaciones

Fernando Buen Abad Domínguez

Rector Internacional de la UICOM

“La primera de todas las fuerzas es la opinión pública”. 

Simón Bolívar (1° de noviembre de 1817).


Dicen algunas versiones que Simón Bolívar se agenció una imprenta, no sin peripecias, porque debía completar la lucha independentista luchando también por la independencia del pensamiento. Que no era suficiente la independencia geográfica, económico-política y que necesitaba “la artillería del pensamiento” para consolidar el plan emancipador de los pueblos independientes. Gracias a eso nació el Correo del Orinoco, el 27 de junio de 1818. Pensando independientemente. Antes, durante y después de la consolidación de la independencia, se hizo necesaria una independencia comunicacional porque quedó claro que todos los avances son insuficientes si no se acompañan con una Revolución de Conciencias capaz de abrir los horizontes de la praxis comunicacional. No toda independencia económica equivale a independencia ideológica porque el desarrollo es desigual y combinado.

Está claro que necesitamos una Revolución de Independencia en Comunicación, con Bolívar, con Martí, con San Martín… con Hidalgo, con Morelos (dicho con toda la seriedad que implica) para independizar los marcos éticos que no pueden ser serviles a intereses de sectas y menos de extorsiones, saqueo, esclavitud y humillación contra las mayorías. Está claro que la Independencia en Comunicación es socialmente necesaria a la hora de hacer de la verdad pasión y fuerza moral de los pueblos. También está claro que no podemos llamar Independencia (a secas) a las farsas y que, en todo caso, hay que denunciarlas para que se entienda a qué intereses tributan y rinde pleitesías.

Esa fusión de Independencia y Comunicación se hizo gentilicio en la Patria Grande. Por ejemplo, hacia el 17 de marzo de 1824 Simón Bolívar fue declarado ciudadano mexicano en virtud de su obra independentista ejemplar y por la importancia de tener en él un modelo de líder comunicacional, también, capaz de inspirar la moral y la ética que su tiempo exigía pero que, fundamentalmente, el futuro inmediato exigiría y sigue exigiendo. El hombre de las independencias debería tener todas las nacionalidades y que el mundo lo supiera. Así como la etapa actual exige estrategias y medios de comunicación independentistas, antiimperialistas, con agendas capaces de enfrentar las “debilidades” políticas de quienes se dejan tentar por las seducciones imperiales en boga. Necesitamos ratificar las grandes revoluciones independentistas, salir de los estereotipos y de los acartonamientos; necesitamos revolucionar las metodologías del relato comunicacional y necesitamos ganar terreno a una estética revolucionaria capaz de orientarse a partir de la ética. Con la claridad y la audacia de Bolívar humanista de las independencias. 

Necesitamos una Revolución de Independencia Comunicacional. Está claro que acudir a Simón Bolívar no implica mirar sólo al pasado, no se trata de nostalgias bobas, implica mirar el presente y el futuro y está claro que es necesario reconocer nuestras zonas ciegas y nuestras debilidades teóricas y prácticas; está claro que hay que iniciar una etapa nueva que salde lo que está pendiente y que avance hacia instancias superiores. Contamos con recursos morales, expertos, necesidades y claridad política suficientes para trazar un plan de corto plazo que dé resultados inmediatos y movilizadores. Está claro que lo que debe ser dicho y debe ser escuchado no puede quedar atrapado por la inoperancia ni por el descuido. La Revolución de la Independencia Comunicacional necesita Simón Bolívar multiplicado en todas las espadas simbólicas que caminan por América Latina para enfrentar atrasos y esclavitudes ideológicas y con herramientas de comunicación en clave de victorias nuevas. ¿Nos quedaremos callados? En una carta con fecha 4 de agosto de 1826, Bolívar explicó a José Antonio Páez, la importancia de la imprenta y de la prensa “Como artillería del pensamiento, educador de masas de hoy y mañana, portavoz de la creación de un nuevo orden económico y de la información internacional desde el punto de vista de nuestros intereses, fiscal de la moral pública y freno de las pasiones, vigilante contra todo exceso y omisión culpable, catecismo moral y de virtudes cívicas, tribunal espontáneo y órgano de los pensamientos ajenos”.

Una Revolución de Independencia Comunicacional con nacionalidad continental, con pasaporte humanista. Porque tan peligroso es que nos roben las herramientas de producción comunicacional como que nos roben el campo simbólico. Cuando los imperios se adueñan de ese territorio nos esclavizan incluso en lo que nos gusta, en las palabras que usamos para denominar qué y cómo tendremos que vivir y medir la vida. Y muy probablemente lo hagan en nombre de la libertad, de la democracia, de la independencia y de la humanidad. Los Bancos imperiales dicen ser instituciones de la “confianza” cuando son ladrones incontrolables de cuello blanco. En nombre de los pueblos, miles de farsantes agitan blasones filantrópicos para camuflar sus fábricas de servilismo.

Algunos agentes del imperialismo, infiltrados en la Patria Grande, están desesperados y llaman a intervenciones, desembarcos y usurpaciones con el plan perverso de destruir todas las victorias independentistas ganadas por nuestros pueblos. La ideología de la clase dominante es una gran maquinaria imperialista de mentiras, suplantaciones y desfalcos de todo tipo. Incluso, a veces no hace falta que mientan, basta con que te «enseñen» a «ver» el mundo como lo miran ellos para enceguecerte. Es la guerra cognitiva.

Pero la Revolución de Independencia Comunicacional (con el Informe MacBride en la mano) es una batalla radical entre, al menos, dos maneras irreconciliables de entender al universo, a la naturaleza, a la vida humana y a las relaciones sociales. Revolución o barbarie. Es una Revolución de Independencia, de los gustos, de las capacidades y talentos críticos, de las emociones y de la manera de expresarnos. Revolución palmo a palmo e incesante en la que, con frecuencia, la resistencia más dura es la que oponemos nosotros mismos dominados por las ideas de quienes nos dominan. Por eso, Bolívar, en su carta de 1817 a Fernando Peñalver le pide: “Mándeme usted de un modo u otro una imprenta que es tan útil como los pertrechos”. 


jueves, 29 de febrero de 2024

  



Las Campañas de las Campañas

Fernando Buen Abad Domínguez


Nos urge una semiótica de las “campañas políticas” para transparentar su financiamiento, sus intereses, el origen de sus relatos y sus consecuencias. Ante la voluntad democrática de los pueblos, con el capitalismo como hegemonía económica, militar y cultural, se teje una trama muy compleja producida con hilos de relatos diversos que no siempre transparentan los intereses reales de los partícipes. Son, mayormente, festivales demagógicos animados por las más abigarradas mercancías del engaño. Aquí y en China.

Se justifica, democráticamente, la existencia de las “campañas” con deliberaciones variopintas que no excluyen teorías del Estado, avances civilizatorios, logros participativos, nociones de equidad, igualdad y fraternidad bajo semánticas múltiples y no pocas veces contradictorias. Se hacen “campañas” de las “campañas” para resaltar su importancia y trascendencia cívicas, para destacar el avance educativo de los pueblos e, incluso, para evidenciar los márgenes de la “tolerancia” para convivir en paz entre las mayorías victoriosas y las minorías opositoras. Y reina en las argumentaciones apologéticas, una lógica de lo cuantitativo que parecería dejar resuelta toda discrepancia. Si ganan más votos es porque tienen más razón, dicen. Aunque, a veces, no se conozca cuál razón. 

Hay “pre-campañas”, “campañas” y “post-campañas”. Cada una supone justificaciones y gastos que, según sea el caso, recorren los paraísos de lo oneroso, lo obsceno, lo inútil y, desde luego, lo incomprensible, lo banal y lo puramente numérico. Y hay casos en que cierta lógica de austeridad deja cortas todas las expectativas cuantitativas y cualitativas. Explican poco, explican mal e insuficientemente, por colmo. Hasta hoy, con todo el discurso democrático que es necesario -y clave- las campañas no están a la altura de la política que las bases reclaman.  

Una campaña común y corriente suele organizarse y desplegarse, en todos los frentes, como un entretenimiento o espectáculo infestados por la “data” mercadológica no pocas veces sacada de los servicios de inteligencia y espionaje. Algunos piensan que son episodios de una guerra ideológico-mediática híbrida, donde están todos los meta-relatos del sistema dispuestos a defenderlo por encima de la propia democracia. Formas de guerra ideológica, financiera y militar del capitalismo, que consumimos mansamente porque las creemos un “logro” nuestro para regir nuestras vidas con valores y cultura que nos infiltran. ¿En qué guerra las víctimas financian a sus victimarios?

A pesar de los logros de cierta izquierda y progresismo, o precisamente por eso, las campañas políticas dominantes avanzan retrógradas imitando las manías hegemónicas de la publicidad de mercancías. Exhiben una crisis de vacío intelectual que se coagula en un proceso de condensación de odios y miedos travestidos en lenguajes de estadista. Supuran palabrerío de lawfare, persecuciones mediáticas, fake news, espionaje, represión y golpizas inflacionarias para imponer, como si fuese voluntad popular, reformas laborales y desorganización inducida contra la clase trabajadora. Mientras, algunos partidos políticos siguen transfiriendo enormes sumas de dinero a los monopolios mediáticos que venden campañas prefabricadas en los laboratorios de las burguesías. ¿Qué no entendimos?

Está bajo amenaza la cordura social. Los vendedores de “campañas” políticas a pedido, organizan y despliegan la anti-política bajo la emboscada que hace lucir como “democracia” el endiosamiento individual de los candidatos para eclipsar el clamor real de los pueblos en lucha. Campañas para ocultar campañas y están reclutando jóvenes, mediaticamente anestesiados, con ilusiones de dinero o con ideología chatarra de orientación supremacista o nazi. ¿No lo vemos? Están en la tele, en las “redes” donde despliegan los ataques diseñados por la manipulación simbólica. Para colmo, las campañas nos derrotan porque estamos encerrados en un festín de sorderas disfrazadas de diálogo. Y empeora en periodos electorales. 

Hay gobiernos de ricos, encumbrados con los votos de pueblos muy pobres; hay demagogia desaforada de mercancías propagandísticas encarecidas. Hay ganancias siderales por cada voto en contraste con los salarios raquíticos del pueblo trabajador que vota. Una inmensa minoría de poderosos hambrea a la inmensa mayoría de los despojados. Con unos cuantos votos se justifica la represión a miles de trabajadores. ¿Qué no entendemos?

Y la historia se repite a mansalva. Aún estamos esperando “campañas” políticas creadas, dirigidas y controladas por los pueblos, por sus trabajadores. Estamos anhelantes de que el programa consensuado por las bases se el candidato y la memoria deje de ser víctima en el campo de batalla semiótica, que el olvido sea su gran negocio. Campañas de pueblos no esclavizados y liberados del odio de clase, pueblos en rebeldía generando sus propias campañas hacia el buen vivir sin mercantilizar la vida. En clave de rebeldía. Que seamos capaces de comunicar una salida humanista, superadora, de nuevo género y nos ahorremos la amargura de vernos divididos porque, con su mala influencia, nos dividimos solos, y gratis (en el mejor de los casos). Nos urge una guerrilla semiótica de los pueblos, para solucionar los problemas mundiales de los pueblos y enfrentar, en campaña ordenada y permanentemente, a la guerra mediática que nos imponen. Vienen tiempos peores.


sábado, 24 de febrero de 2024

   

     El Arte de Ningunear

        Fernando Buen Abad Domínguez

    Cuando se trata de desvirtuar lo ajeno hay talentos que se pintan solos. Todo “ninguneo” tiene motivaciones y expresiones muy diversas y combinadas, eso incluye, también, la emboscada de ningunear con “halagos”. Así, incluso, quien es reducido a la nada queda agradecido. A los más destacados “ninguneadores” les precede un entrenamiento complejo que atesora desde envidias simplonas hasta conspiraciones internacionales variopintas. No son infalibles, pero tiznan. Dice el diccionario de “ningunear”: 1. No hacer caso de alguien, no tomarlo en consideración. 2. Menospreciar a alguien. Sinónimos, menospreciar, despreciar, desdeñar.

    Los efectos del “ninguneo” pueden ser de corto, mediano y largo plazo y eso depende de las condiciones objetivas y de las malas intenciones. A veces basta con “tutear” a una persona o con tener desplantes confianzudos. A veces se recurre a chistes, burlas o ironías disfrazadas con frecuencia como “ocurrencia simpática” para “empatizar”. En los casos más perversos se planifica y pavimenta el camino de la víctima hacia la nada, con recursos excesivos.

    Hasta el hartazgo el “ninguneo” contiene dosis tóxicas de un vicio en el que para el brillo de lo propio se anular el de los otros. Convertirlos en nada. Y suele ser que el ninguneador aparenta una seguridad escénica que acompaña con la complicidad y la inseguridad de varios testigos. Así se mueve mucho de lo que algunos llaman “política”, confundiéndola con la “grilla” o con la “rosca”. Política pública, empresarial, clerical, académica… familiar.

    Eso de reducir a nada a un opositor, o a un enemigo, conlleva la violencia psicológica necesaria para dañarlo no sólo en su prestigio sino en su confianza y su personalidad. Cuando alguien “ningunea” con éxito desarma y desmoraliza, destruye personas y a veces movimientos sociales. Es un campo de batalla, una disputa por el sentido, recurriendo a “malas artes”. Se trata de un producto perfeccionado por el capitalismo como arma de guerra ideológica y lo ha desplegado con todo tipo de argucias y disfraces. Púlpitos estereotipados para mandar al infierno de la nada a todo aquello que estorbe a la hegemonía ideológica de la clase dominante. Series televisivas, películas, literatura, radio… prensa. 

    Es susceptible de ser nada un abanico enorme de personas y grupos sometidos a la lucha de clases. Por etnia, por oficio, por color, por peso, por tiempo, por historia, por cualquier pretexto y hasta por divertimento, existe un oficio dispuesto a convertir al otro en nada. Y eso es un gran negocio de algunos. Desde la industria militar y su guerra cognitiva hasta el “bulling” incubado en oficinas, escuelas, iglesias… pero es una manía burguesa que, desde sus “supremasismos” mediocres, se alza sobre la clase que odian para borrarla del mapa y porque jamás admitirán que el proletariado (el que no tiene más que su fuerza de trabajo para alimentar a su prole) adquiera relevancia alguna. Ni en lo cualitativo ni en lo cualitativo. 

    Han de convertir a lo distinto en nada para garantizarse una moral de la destrucción sistemática de adversarios. En la noción de la nada que la mentalidad conservadora atesora como destino para sus oponentes, anida una violencia objetiva y subjetiva que ellos necesitan como el oxígeno para darse alientos de sobrevida en medio de sus crisis y de la dialéctica histórica que los conduce a su desaparición tarde o temprano. Necesitan que lo otro no valga, no lata, no exista. En todas las escalas de las disputas del ego individualista tanto como en las confrontaciones de masas que van multiplicándose en todo el planeta. Necesitan que la organización de los postergados sea nada, que los alientos de rebeldía sean nada, que la insurrección de la dignidad sea nada. Porque en el imaginario de la clase dominante nada son los indios, los feminismos, los gays, los negros... y más nada son si se organizan para transformar el mundo. 

    Algunos efectos del “ninguneo” sistemático, irrestricto y multimodal, se muestran como cicatrices en las personalidades acomplejadas, temerosas, opacadas, apocadas bajo cataratas de vituperios y burlas. Hay chistes a raudales fabricados ex profeso. Es todo un relato sembrado como campo minado para detonar las integridades y las identidades. No importa que las virtudes y las inteligencias prueben lo contrario, para un “ninguneador” serial no habrá límites ni frenos. El esfuerzo del otro pasará por anécdota y no por cualidad. La contribución más seria se reducirá a “ayuda”, el mejor mérito pasará a ser “casualidad” y el trabajo más tenaz, e incluso creativo, se reducirá sólo a salario. Jamás la estatura de un aporte.

    Incluso en las palmaditas de cierto tipo de halagos, habrá “ninguneo” derivado de otro que, desde su superioridad, se digna a reconocer algo del todo o de la parte. Para erguirse como evaluador o filántropo. La propia idea de limosna, monetaria o discursiva, es otra cara del “ninguneo”. Desde la palestra de los demagogos se exhibe también un “ninguneo” inyectado en la analogía, la prosodia, la sintaxis y la ortografía. Es la gramática de la superioridad inoculada como cultura de la subordinación. 

   Hablan a los pueblos, a los empleados o a los alumnos con tonito didáctico que nace de la subestimación. Piensan que “al público” se le debe hablar fácil “para que entienda”. Que se debe retacear, desmenuzar, la información y la teoría porque la gente no sabe, no escucha, “son como animalitos” y hay que ayudarlos porque por sí solos no pueden sobrevivir. “Ninguneo” a diestra y siniestra. En verdad anhelan que el otro, el pueblo, el proletariado se reduzca a una nada funcional y rentable. 

    Por eso, en simultáneo, la docilidad, la gratitud y la admiración hacia el verdugo son méritos premiados aquí en la tierra como en el cielo. Por eso la resignación y el sufrimiento pasivo, la anemia de moral guerrera… reciben apoyo ideológico y presupuestal en la disputa descomunal por el sentido. Sólo se logra “ser alguien” ante los ojos de las burguesías cuando, desde la mansedumbre, el trabajo que el empleado vende es barato y productivo. Cuando genera “buenas ganancias” y sirve de ejemplo para domesticar al conjunto. Muy especialmente, si semejante ejemplaridad alcanza para heredarla a la prole. Hasta las iglesias bendicen esa fórmula. Nada eres y en nada te convertirás.

 

Economía libidinal de la violencia Guerra cognitiva con “palomitas” Fernando Buen Abad Domínguez       Hay formulaciones rigurosas —y radica...