Cuba: Geopolítica de la Fraternidad
Fernando Buen Abad Domínguez
Queda claro que la cancillería cubana no es un ministerio de relaciones exteriores en el sentido burgués del término, porque no administra los intereses de una casta explotadora frente a otras; por el contrario, funciona como la trinchera semántica y material donde la soberanía de los oprimidos se traduce en el lenguaje universal de la dignidad. La verdadera política exterior nace cuando la dignidad comprende que su proliferación es inseparable de la derrota global del sistema que nos saquea y nos explota. Aquí radica la genialidad de la cancillería cubana: ha convertido la solidaridad en una herramienta masiva contra el cinismo geopolítico.
Este espíritu no es una invención retórica, es la cristalización histórica de una moral que dignifica a las naciones al hacer patente su pasión inquebrantable por la autodeterminación. Al examinar las relaciones entre los pueblos desde este punto de vista, el observador ignaro descubre una verdad perturbadora: los tratados de libre comercio son en realidad cadenas de servidumbre encubiertas en papel, y las reuniones de los poderosos no son encuentros de Estado, sino comités de gestión para los intereses de la burguesía transnacional. Cuba nunca se presta a ese circo.
Cuando un médico cubano camina por las aldeas de África o un educador enseña en las montañas de América Latina, no están realizando actos de caridad. Están ejecutando la batalla contra la ignorancia y la enfermedad, bienes que el mercado capitalista monopoliza para mantener la fuerza de trabajo dócil y enferma. El internacionalismo humanista es, en su esencia más pura, la socialización de la ciencia y la cultura arrancadas de las garras de la mercantilización. Solidaridad médica o educativa no son un regalo, son la restitución de un derecho robado por la división internacional del trabajo. El capital requiere fronteras para dividir a los obreros; la medicina y la educación cubanas cruzan esos límites no para conquistar territorios si para unificar al proletariado planetario en un solo cuerpo solidario.
Eso tiene la belleza de la acción exterior, que es la de la trinchera y el aula, la belleza austera de quien sabe que la palabra empeñada vale más que el oro de los bancos. Éticamente, rechaza la hipocresía de los derechos humanos selectivos, esos que se invocan para justificar bloqueos criminales y guerras de saqueo. La moral revolucionaria exige coherencia absoluta entre el discurso y la acción material. Por eso, la juventud que hoy asume los destinos de la nación no hace más que continuar el diálogo ininterrumpido con los mayores que forjaron esta identidad. No hay ruptura generacional en la defensa de la soberanía, hay una transmisión de la memoria combativa. Los canosos veteranos de las gestas africanas y los jóvenes diplomáticos que hoy enfrentan los foros multilaterales comparten el mismo código genético: la certeza de que la patria es humanidad.
Es evidente que el bloqueo imperial constituye el emblema más lamentable de la derrota moral del norte rico; al intentar asfixiar la economía del suelo cubano, el sistema admite su incapacidad para ganar en el ámbito de las ideas. La asfixia económica es la materialización del miedo de la élite ante el ejemplo de la dignidad. Cada resolución condenatoria en las asambleas globales contra el bloqueo no es solo un trámite legal, es el acta de defunción de la legalidad burguesa. La cancillería cubana utiliza estos foros no para pedir clemencia, porque hace presencia para desnudar la podredumbre del establishment. Al denunciar el genocidio paulatino, los diplomáticos cubanos no se pronuncian en representación de un gobierno aislado, sino que articulan el reclamo de los excluidos del sur global, transformando la tribuna de las Naciones Unidas en un tribunal popular en el que el imperio es el principal acusado.
Cuba, con su cancillería escuela y brújula, entiende que millones de personas han sido bombardeadas por la propaganda; creen que la isla es un régimen autoritario porque así lo dicta el monopolio mediático. La praxis diplomática cubana rompe ese anestésico semiótico. Al abrir sus puertas a los movimientos sociales, a los intelectuales honestos y a los luchadores populares de todos los continentes, demuestra que la verdadera democracia no es la dictadura del mercado, es la participación directa de las masas en la transformación de su realidad. El internacionalismo cubano es el espejo donde el oprimido del primer mundo puede ver su propia rebeldía en marcha y contra el enemigo común capitalista. Esta escuela de humanismo no enseña teoría muerta, forja la praxis viva de la emancipación, recordándonos que la historia universal es la crónica de la lucha de clases, y que la victoria final solo será posible cuando el último explotador se entierre con las monedas de su propia avaricia.
Dado que la fuerza diplomática cubana, extendida a nivel global, constituye un emblema político que nos rememora que en Cuba las prioridades humanistas radican en compartir sus grandes logros en áreas como la salud, la educación, la agricultura, la filosofía y las ciencias políticas. Nadie es ingenuo, son humanistas militantes.
Hay una paradoja que acaso sólo pueda resolverse en el territorio de los símbolos: cuanto más pequeña parece una nación cuando se la contempla desde la cartografía del poder, más vasto puede ser el espacio que ocupa en la imaginación de quienes disputan el sentido de la historia. Cuba aparece entonces como una isla y como una pregunta. La geografía dice que es un fragmento de tierra rodeado por agua; la memoria política la ha convertido, para partidarios y adversarios, en una suerte de signo cuyo significado excede sus dimensiones. Toda cancillería habla desde un territorio, pero algunas intentan hablar también desde una concepción del mundo. En ese desplazamiento —de la frontera al símbolo, del mapa a la memoria— reside una de las claves para comprender la persistencia de la diplomacia cubana como objeto de controversia internacional. El territorio de la cancillería cubana es la humanidad. Su patria.
Quizá la verdadera disputa no ocurra en las salas donde los diplomáticos pronuncian sus discursos, sino en ese lugar invisible donde una palabra decide qué realidad se considerará posible. Solidaridad, soberanía, internacionalismo, derechos humanos: cada una parece una palabra inocente hasta que se pregunta quién la pronuncia, desde qué historia y contra qué definición del mundo. El mismo gesto puede llamarse cooperación, influencia, solidaridad o diplomacia, según el diccionario político de quien lo observe. Fidel contempló en algún momento bibliotecas populares en las cuales todos los libros ya están en funcionamiento dentro de la creatividad de las comunidades. La política internacional parece una biblioteca similar, en la que cada suceso tiene múltiples nombres y cada nombre intenta imponer su realidad propia. La disputa diplomática es, en este sentido, también una disputa por el diccionario.
Y acaso aquí se manifieste la dimensión más profunda de la experiencia diplomática cubana: no únicamente en lo que sus instituciones proclaman, sino en la tensión entre la nación que Cuba ha conseguido ser, a pesar de todas las formas de bloqueo, y la nación que sus adversarios sostienen ser. Allí comienza el trabajo de la conciencia: no aceptar pasivamente el nombre que el poder asigna a las cosas. La soberanía, entendida como problema histórico y no como consigna, exige precisamente esa vigilancia sobre el lenguaje. Porque una revolución de las conciencias no consiste únicamente en cambiar las respuestas: consiste, antes que nada, en descubrir quién escribió las preguntas.
Para algunos, el lenguaje diplomático es un palabrerío elegante para esconder una geografía económica desigual: tratados, protocolos, cumbres, declaraciones y organismos multilaterales parecen habitar el reino abstracto de las palabras, pero debajo de cada palabra opera una relación de fuerzas. Marx enseñó a desconfiar de las apariencias cuando se presentan como relaciones entre cosas aquello que en realidad son relaciones entre seres humanos. Algo semejante ocurre con la diplomacia burguesa: detrás de la neutralidad aparente de sus fórmulas se enfrentan clases, intereses, mercados, monopolios, pueblos y proyectos históricos. Por eso la Cancillería cubana no puede comprenderse únicamente como un ministerio de relaciones exteriores en el sentido convencional del término. Desde el punto de vista revolucionario, se erige como una institución situada en esa contradicción: una trinchera en la que la soberanía intenta transformarse en palabra, y donde la palabra intenta preservar una materialidad que el poder hegemónico desea convertir en silencio.
Cuba constituye, desde esta perspectiva, una anomalía particularmente significativa para la gramática del poder internacional. Su dimensión territorial no explica por sí sola la intensidad de la disputa simbólica que ha generado durante décadas. El problema no es la extensión de la isla, sino la existencia de un proyecto político que reivindica la posibilidad de organizar determinadas relaciones sociales fuera de la lógica dominante del capital y, simultáneamente, pretende proyectar esa concepción mediante una política internacionalista. La geografía dice isla; la política dice soberanía; la historia dice revolución; la semiótica pregunta quién tiene derecho a definir el significado de esas palabras.
No existe un interés nacional flotando por encima de la historia como una entidad metafísica. Existen intereses concretos, clases concretas, estructuras productivas concretas y relaciones de poder concretas. La cuestión decisiva es, entonces, qué clase social determina el contenido efectivo de la política exterior y para qué proyecto histórico utiliza el aparato estatal. Desde esta perspectiva, la internacionalización de la solidaridad cubana adquiere un significado que no puede reducirse a la filantropía.
Aquí Mariátegui adquiere una actualidad particular: ninguna revolución puede copiar mecánicamente modelos ajenos porque las formas de emancipación nacen de condiciones históricas concretas. Y Martí había comprendido, mucho antes de que la teoría de la dependencia adquiriera su vocabulario contemporáneo, que América Latina no podía pensarse desde los conceptos importados de quienes ocupaban una posición distinta en la estructura mundial. Pensar desde Nuestra América significa disputar también el derecho epistemológico a interpretar nuestra propia realidad. Fidel convirtió esa tradición en una praxis política en la que soberanía e internacionalismo dejaron de aparecer como términos contradictorios. La soberanía no se concibió como aislamiento, sino como condición para establecer relaciones internacionales desde una posición que no estuviera subordinada por definición. Y el internacionalismo no como renuncia a la patria, sino como expansión de la responsabilidad histórica más allá de sus fronteras.
Por eso la política exterior revolucionaria no puede limitarse al protocolo. El protocolo administra formas; la política disputa contenidos. Una declaración diplomática puede parecer abstracta hasta que se pregunta qué relación material intenta legitimar o transformar. Una votación multilateral puede parecer un ritual hasta que se observa qué intereses están siendo confrontados. Un bloqueo puede presentarse como instrumento técnico de presión económica, pero sus consecuencias materiales recaen sobre sujetos concretos y producen efectos sociales concretos. El lenguaje diplomático tiene, por tanto, una infraestructura. Detrás del discurso están los alimentos, los medicamentos, las divisas, las cadenas de suministro, la energía, las tecnologías, los salarios y las condiciones de reproducción de la vida. La semiótica revolucionaria comienza justamente allí donde deja de tratar los signos como entidades flotantes y los devuelve a las relaciones materiales que los producen.
Entonces, el bloqueo, leído desde esta perspectiva, no es únicamente una política económica: es también una pedagogía del poder. Enseña, mediante la coerción, qué ocurre cuando un Estado decide conservar revolucionariamente su autonomía frente a una potencia dominante. Sin embargo, produce una segunda contradicción: aquello que pretende funcionar como castigo puede convertirse en argumento político. La presión económica busca producir determinadas conductas; la resistencia transforma esa presión en memoria, denuncia y articulación internacional. Aquí aparece una dialéctica fundamental: el poder intenta convertir la necesidad en obediencia, mientras el sujeto histórico intenta convertir la necesidad en conciencia. No hay ninguna garantía automática de que esa transformación ocurra; requiere organización, interpretación y praxis. Pero precisamente ahí reside el terreno de la revolución de las conciencias: convertir la experiencia sufrida en conocimiento de las estructuras que la producen.
De ahí que la disputa por Cuba sea simultáneamente una disputa por el signo Cuba. ¿Qué significa la isla cuando aparece en una pantalla? ¿Qué historia desaparece cuando una palabra sustituye a otra? ¿Qué relaciones materiales quedan ocultas cuando un conflicto histórico se reduce a una etiqueta? El imperialismo contemporáneo posee, entre otras cosas, una extraordinaria capacidad de condensación semiótica: transforma procesos históricos complejos en signos instantáneos. Una revolución puede ser reducida a un régimen; un conflicto de soberanía, a una disputa bilateral; una política económica, a una cifra; una sociedad entera, a una caricatura. La tarea crítica consiste en deshacer esas condensaciones y reconstruir las mediaciones históricas que se borraron.
Toda política exterior transmite una concepción del mundo. Toda cooperación produce vínculos. Toda institución proyecta valores. La cuestión marxista no consiste en negar esa dimensión, sino en hacerla visible. La diplomacia cubana puede ser comprendida como una forma de política exterior que intenta convertir determinados recursos materiales —conocimiento médico, formación profesional, cooperación educativa, experiencia científica— en instrumentos de solidaridad internacional y, simultáneamente, en signos de soberanía. Es decir: convierte capacidades materiales en significantes políticos. Allí se encuentra su potencia semiótica.
Por eso la soberanía no puede reducirse a una bandera, ni la diplomacia a un protocolo, ni el internacionalismo a una ceremonia. La soberanía es una relación de fuerzas; la diplomacia es una arena de lucha; el internacionalismo es una praxis; y la semiótica es uno de los territorios donde se decide qué relaciones serán visibles y cuáles permanecerán ocultas. La batalla decisiva no ocurre solamente cuando un diplomático toma la palabra ante una asamblea. Ocurre también cuando un pueblo consigue nombrar su propia historia sin pedir permiso al poder que durante siglos pretendió escribirla por él. Allí comienza la verdadera revolución de las conciencias: en el instante preciso en el que los seres humanos dejan de aceptar como natural el mundo que otros han producido y empiezan a reconocer, detrás de sus signos, las relaciones materiales que pueden transformar. Y la diplomacia cubana en eso es la vanguardia de lo nuevo.