miércoles, 27 de mayo de 2026


 Distinguir sin dividir

Fernando Buen Abad Domínguez

Hay que saber distinguir -sin dividir- quién lidera el movimiento de masas llamado Cuarta Transformación; quién lidera el movimiento-partido llamado MORENA; y quién lidera las fuerzas revolucionarias de izquierdasefectivamente anti capitalistas. En cada fisura y distancia, de al menos estas tres fuerzas, habitan nuestros mayores peligros. Algunos disfrazados de reformistas. Distinguir sin dividir es una operación dialéctica que exige comprender la unidad como relación viva y no como fusión indiferenciada, porque allí donde la política se vuelve masa, partido y proyecto histórico simultáneamente, las formas se superponen, pero no se anulan; se determinan recíprocamente sin perder su especificidad, y confundirlas es ya un acto teórico que prepara errores prácticos. No hay en la mirada critica una sustancia de ruptura, tampoco en la autocrítica.

Ese movimiento de masas llamado Cuarta Transformación no es idéntico al partido que lo vehicula ni a las corrientes revolucionarias que lo interpelan desde un horizonte anticapitalista. Es una constelación histórica cuyo centro gravitacional fue el liderazgo de Andrés Manuel López Obrador y cuyo momento actual se despliega bajo Claudia Sheinbaum, pero cuya energía no se reduce a la voluntad de un individuo ni a la organicidad de una estructura electoral. Condensa agravios históricos, expectativas de justicia redistributiva, pulsiones nacionales-populares y una ética pública orientada contra la corrupción y el despojo. Nada menos.

Esa masa es heterogénea por definición, porque la categoría misma de masa en política moderna no designa pureza ideológica, sino articulación contingente de demandas diversas bajo una significación común; por eso su unidad es performativa y simbólica antes que programáticamente homogénea, y su cohesión depende tanto de resultados materiales como de la narrativa que los integra en una promesa de transformación. El partido Movimiento Regeneración Nacional, en cambio, es forma institucional cristalizada, mediación jurídico-electoral que traduce energía social en poder estatal; su racionalidad es estratégica, su temporalidad es la del calendario electoral, su lógica es la de la mayoría legislativa y la gobernabilidad administrativa, y por ello incorpora negociaciones, compromisos y equilibrios que no agotan ni reflejan mecánicamente la totalidad del movimiento de masas que le dio origen. 

Allí aparece la primera fisura, cuando la mediación necesaria se autonomiza y comienza a reproducir la lógica del aparato como fin en sí mismo; la representación se separa de lo representado y la organización que debía ser instrumento deviene instancia de conservación. Pero también hay fisura inversa cuando la masa desconoce la necesidad de mediación y supone que la pura voluntad popular puede sostenerse sin institucionalidad, olvidando que el Estado moderno no se evapora por invocación moral y que toda transformación que aspire a perdurar debe disputar y reconfigurar las estructuras que organizan la vida común. 

Más allá, o más adentro, según se mire, se sitúan las izquierdas efectivamente anticapitalistas, cuya crítica no se satisface con la redistribución parcial ni con la moralización del aparato público, sino que apunta a la raíz estructural de la acumulación y a la forma mercancía como principio ordenador de la sociedad; su horizonte es la superación de las relaciones de producción que reproducen explotación y desigualdad, y por ello su temporalidad es larga, su léxico es de ruptura y su sospecha hacia el reformismo es constitutiva. Sin embargo, tampoco esta posición es exterior absoluta, porque en la historia concreta las corrientes revolucionarias interactúan con procesos nacionales-populares, se nutren de sus avances y padecen sus límites, y en esa interacción se juega la posibilidad de radicalización o de repliegue. La dialéctica entre estas tres dimensiones no es un triángulo estático, sino un campo de fuerzas en el que cada polo redefine a los otros: el movimiento de masas legitima al partido y presiona por coherencia; el partido organiza, selecciona y a veces modera las demandas; las izquierdas anticapitalistas critican, empujan y recuerdan el horizonte estructural que excede la gestión. 

Cualquier peligro no reside en la diferencia, sino en la negación abstracta de la diferencia, porque cuando todo se confunde en un mismo nombre, la crítica se vuelve traición y la autocomplacencia sustituye al análisis, mientras que cuando toda diferencia se absolutiza, la unidad se fragmenta y la correlación de fuerzas favorece a quienes esperan el desgaste. Reformismo y revolución no son esencias eternas, sino posiciones relativas dentro de un proceso histórico determinado; hay reformas que consolidan el orden y reformas que abren brechas, hay administraciones que estabilizan la dominación y administraciones que alteran su equilibrio interno, y la evaluación rigurosa debe atender a la dirección de la tendencia, a la redistribución efectiva de poder y a la transformación de las capacidades colectivas. 

Si el movimiento de masas se limita a celebrar símbolos sin ampliar derechos materiales y organización popular, se vuelve vulnerable a la desilusión; si el partido se reduce a maquinaria electoral sin pedagogía política, prepara su burocratización; si las izquierdas anticapitalistas se refugian en la pureza sectaria minoritaria sin incidir en la realidad concreta, renuncian a la historicidad de su propio proyecto. Distinguir sin dividir implica sostener la tensión productiva entre liderazgo carismático y construcción colectiva, entre eficacia gubernamental y horizonte emancipador, entre prudencia estratégica y radicalidad crítica; significa aceptar que la transformación es proceso y no acto, mediación y no milagro, conflicto y no armonía preestablecida. 

En cada fisura habita un peligro, pero también una posibilidad, la posibilidad de que la crítica fortalezca en lugar de destruir, de que la institucionalidad se abra en lugar de cerrarse, de que la masa devenga pueblo organizado y no mera audiencia. La política dialéctica no busca purezas sino direcciones, no idolatra la unidad sino que la construye a partir de diferencias articuladas, y sabe que el enemigo principal no es la discusión interna sino la restauración silenciosa de las lógicas que se pretendía superar. Así, la tarea no es elegir entre movimiento, partido o revolución como si fueran alternativas excluyentes, sino comprender su interdependencia conflictiva y orientar esa conflictividad hacia una ampliación real de la democracia, de la igualdad y de la capacidad popular de decidir sobre las condiciones materiales de su existencia. Sólo una conciencia que soporte la complejidad sin simplificarla podrá evitar que el reformismo se disfrace de transformación definitiva o que la impaciencia revolucionaria ignore las mediaciones históricas; y sólo una práctica que combine memoria crítica y audacia estratégica podrá convertir las fisuras en espacios de creación política en lugar de grietas por donde se filtre la restauración.

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