19/9/26: Marcha de la Bronca en Argentina
Fernando Buen Abad Domínguez
Un pueblo, que ha sido víctima de la barbarie del capitalismo y sus servidores, puede experimentar una profunda indignación y, simultáneamente, una inmovilidad política. Podría acumular motivos para rebelarse mientras cada razón permanece aislada, transformándose en un malestar privado o sectario. La bronca, cuando carece de organización, puede terminar funcionando como una forma de obediencia con los dientes apretados. En consecuencia, la convocatoria del 19 de septiembre no se circunscribe meramente a expresar indignación: implica transformar una emoción dispersa en conocimiento colectivo, transformando dicho conocimiento en habilidad material para intervenir en las relaciones sociales que originan las monstruosidades que indignan.
Efectivamente, la Marcha de la Bronca constituye un elemento de dicha operación: congregar conflictos dispersos, federalizar la manifestación y transformar conflictos particulares en una fuerza conjunta. La consigna de la convocatoria es “Organizar la bronca para vencer a Milei” y propone una movilización central en la Plaza de Mayo, además de acciones en diversas localidades de Argentina.
Ahí aparece su primera importancia política. La bronca no es todavía conciencia, del mismo modo que la pobreza de quien trabaja no constituye automáticamente conciencia de clase. Un individuo puede sufrir el incremento en el precio de los alimentos, la disminución salarial, la precarización, la pérdida de derechos, la incertidumbre en el ámbito laboral, el abandono de los jubilados, el desmantelamiento de las instituciones públicas o la persecución de aquellos que expresan sus desgracias de forma independiente. De las humillaciones imparables salidas de la clase gobernante.
Esto permite comprender por qué la palabra “bronca” adquiere aquí una densidad inesperada. No designa únicamente un estado psicológico. Puede convertirse en categoría política cuando descubre su objeto. Marx instruyó a desconfiar de las apariencias inmediatas debido a que las relaciones sociales capitalistas suelen presentarse invertidas: las relaciones entre individuos se manifiestan como relaciones entre objetos; las decisiones históricas se presentan como fuerzas naturales; los privilegios construidos socialmente se presentan como méritos individuales; y la explotación puede presentarse como un contrato libre. Bajo el capitalismo, la mercancía oculta la relación social que la produce.
Esa Marcha de la Bronca intenta producir ese desplazamiento. Desde la autoconvocatoria llevada a cabo en agosto en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires, se contó con la participación de representantes de organizaciones sindicales, sociales, estudiantiles, socioambientales, de derechos humanos, jubilados, sectores de la cultura, científicos, feminismos, diversidades y colectivos de izquierda. Posteriormente, una reunión federal reunió a más de 250 participantes y buscó extender la coordinación hacia las provincias. El dato relevante no es solamente cuantitativo. Es importante subrayar que los conflictos que suelen gestionarse en distintos ámbitos —salario, educación, jubilaciones, ambiente, derechos democráticos, condiciones laborales, persecución política— intentan ser reconocidos como manifestaciones distintas de una misma disputa por la distribución social del poder, de la riqueza y de las posibilidades de vivir dignamente.
Ese descubrimiento tiene una dimensión ética y estética. Ética, porque devuelve dignidad política a sujetos acostumbrados a ser contabilizados como costos, usuarios, consumidores, beneficiarios o variables presupuestarias. Estética, porque modifica la imagen sensible de lo que una sociedad considera valioso. La multitud deja de ser considerada como “ruido” y comienza a manifestarse como un individuo; la protesta deja de ser interpretada como una interrupción de la normalidad y revela que dicha normalidad ya estaba estructurada en torno a una desigualdad.
Y la potencia del 19 de septiembre dependerá, por eso, de algo más profundo que la cantidad de personas reunidas. Una multitud puede ser enorme y políticamente impotente si permanece como suma de individuos. Una movilización adquiere fuerza histórica cuando consigue producir vínculos, deliberación, organización y continuidad. La convocatoria en sí misma sostiene la importancia de implementar la iniciativa en lugares de trabajo, sindicatos, instituciones educativas, universidades, movimientos y asambleas barriales, al tiempo que propone reuniones regionales y acciones en diversas provincias.
Aquí se juega la verdadera “revolución de las conciencias”. No implica el reemplazo de una consigna por otra ni la generación de entusiasmo a través de la retórica. Consiste en modificar las categorías con las que una sociedad se piensa a sí misma. El trabajador que comprende que su remuneración no es meramente un ingreso personal, la jubilada que comprende que su deterioro no es una desgracia privada, el estudiante que descubre que la precarización educativa es parte de una disputa por el destino de la riqueza social, comienzan a adoptar una posición distinta ante la realidad. La conciencia deja de ser contemplación y empieza a convertirse en praxis.
Organizar la bronca significa, en cierto sentido, dejar de ser gobernados por ella. Una bronca puramente espontánea puede estallar y desaparecer; una bronca convertida en conciencia puede construir estrategia. La primera descarga energía. La segunda acumula poder. La primera expresa una herida. La segunda determina quién origina las condiciones de esa lesión, quién obtiene beneficios de las mismas, qué instituciones las reproducen, qué fuerzas tienen la capacidad de modificarlas y qué formas de organización facilitan tal modificación. Ahí reside el salto dialéctico que vuelve políticamente relevante al 19 de septiembre.
Esta Marcha de la Bronca puede ser leída, entonces, como una disputa por algo más profundo que una jornada de protesta: una disputa por el derecho colectivo a interpretar la realidad. En el contexto de una sociedad fragmentada en individuos que enfrentan problemas producidos socialmente de manera individual, la reunión de las luchas implica la reconstrucción del mapa de las relaciones que las conectan. Y cuando ese mapa aparece, cambia también la pregunta histórica. Ya no se trata únicamente de cuánto puede soportar cada persona. Nos referimos a comprender la potencia de una sociedad cuando aquellos individuos que producen su riqueza descubren que sus dificultades no son fatalidades independientes, que sus padecimientos tienen una estructura y que dicha estructura, debido a su origen histórico, puede ser modificada históricamente. Ese es el punto en el que la bronca deja de ser solamente bronca: se convierte en conciencia organizada, y la conciencia organizada empieza a convertirse en fuerza material.